Esta vez, te toca caminar primero



Esta vez, te toca caminar primero
tiempo de lectura 8 minutos

disponible en FLOWPERFORMANCE.ES| JULIO 9, 2026


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Jul 9 · tiny victories.
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Hay una parte de ti que no vas a saber explicar nunca del todo.

Da igual cuántas veces lo intentes. Da igual que uses palabras bonitas, datos, entrenamientos, objetivos, planes, excusas razonables o frases que arrastran un eco desmedido cada vez que las pronuncias. Hay algo dentro de una persona ambiciosa que, visto desde fuera, siempre parece absurdo. Como si estuvieras persiguiendo algo que nadie más puede ver. Como si estuvieras defendiendo una vida que todavía no existe. Como si estuvieras apostando por una versión de ti mismo que, siendo honestos, aún no tienes pruebas suficientes.

Hace unos días escuché el episodio de Going Mental en el que Jan Frodeno entrevista a Sam Laidlow después de ganar Challenge Roth y batir uno de esos registros que, aunque en larga distancia siempre hay que coger con pinzas porque ningún circuito es exactamente igual a otro, inevitablemente hacen historia. Roth no es una carrera cualquiera. Roth es uno de esos lugares que no puedes describir con palabras si no has estado allí. Una especie de catedral del triatlón donde todo parece tener más peso: la gente, el ruido, la tradición, el canal, la famosa subida de Solar Hill, la meta. No he estado en Kona todavía, así que no puedo comparar desde la experiencia. Pero sí he estado en Roth, y tengo la sensación de que pocos sitios en el mundo pueden representar tan bien lo que significa este deporte.


Más allá de los récords, fue una frase que Sam había escrito tiempo atrás, la que se me quedó grabada:

“Believe fully in the path you have chosen. Curiosity may expand your vision. Doubt, however, should never steer your course. The journey feels uncertain, not because it’s wrong, but because you are the first to walk it.”


Fue el 25 de marzo de 2025 y créeme cuando te digo que llevo dándole vueltas a ese mensaje desde entonces.


Porque no quiero escribir esto desde la comparación, sería ridículo. Sam Laidlow es campeón del mundo, ha ganado Roth, ha hecho historia y compite en una dimensión que la mayoría solo podemos mirar desde lejos. Pero sí quiero escribir desde un lugar mucho más humano. Desde esa sensación de escuchar a alguien hablar y pensar: “joder, entiendo exactamente desde dónde está diciendo esto”.


No sé ni si quiera si voy a ser capaz de expresar con palabras lo que siento, pero es la mejor manera que conozco.


La ambición incómoda. La incertidumbre constante. La necesidad de apostar por ti antes de que nadie tenga motivos para hacerlo. La sensación de estar caminando por un lugar que no aparece en los mapas. El miedo a equivocarte. La presión de saber que no tienes un margen infinito. El deseo salvaje de competir alguna vez como sabes que puedes competir, no como tus miedos te permiten hacerlo.


Hay algo en esta forma de ver el mundo, que no encaja del todo en una vida normal. Porque si quieres algo que poca gente consigue, hay una parte de tu vida que no puede parecerse exactamente a la de todo el mundo. Hay decisiones que no van a ser entendidas. Hay renuncias que desde fuera van a parecer exageradas. Hay momentos donde vas a tener que decir que no cuando lo normal sería decir que sí. No dejar que tu preparación, tu proyecto o tu visión empiece a pertenecerle a todo el mundo menos a ti.

Y esa es una decisión difícil de gestionar. Pero quizá la locura no sea apostar por ti. Quizá la locura sea esperar a tener pruebas absolutas para empezar a vivir como la persona que quieres llegar a ser.


Esto me toca especialmente porque durante mucho tiempo he sentido que no sabía elegir bien cuándo arriesgar y cuándo ser prudente. Cuando tenía que ser cauto o dejarme llevar por mi impulsividad. Cuando tenía que arriesgar, muchas veces me protegía demasiado. En competición, en negocios, escribiendo, en mis relaciones pasadas, en conversaciones importantes, en decisiones que pedían un poco más de valentía. En el fondo, escribo esto porque creo que todos tenemos algún patrón así. Una especie de deuda interna con la persona que podríamos haber sido si hubiéramos confiado un poco más.


La parte difícil es empezar a generar esa inercia de confiar en ti solo porque tu instinto te ve capaz. La fina línea entre tus expectativas y la realidad. Todavía no hay resultados ni validación. Todavía no hay experiencia suficiente que te ayude a pensar que vas por buen camino. Solo hay una intuición interna que tú ves antes que los demás. Y esa fase es incómoda porque nadie quiere parecer idiota. Nadie quiere ser el que habla demasiado pronto. Nadie quiere decir en voz alta lo que sueña y luego tener que comerse sus palabras.

Pero la ambición real no se mide cuando estás soñando, sino cuando la realidad empieza a humillarte.


Cuando pierdes. Cuando enfermas. Cuando no salen los números. Cuando haces todo bien y aun así no alcanza. Cuando te quedas a una plaza. Cuando pinchas. Cuando cruzas una meta sabiendo que no has mostrado lo que llevabas dentro. Cuando miras el calendario y entiendes que el tiempo no espera a que tú te sientas preparado. Cuando no sabes cómo puedes ayudar a tu hijo, a un amigo o a tu pareja. Cuanto te sientes culpable.


Pasar por todas esas situaciones, es el peaje necesario para demostrarte si querías ganar o si solo te gustaba imaginarte haciéndolo. Es la única manera que conozco de poder hacer equilibrio sobre esa fina línea entre tus expectativas y tu realidad.


Puedes decidir desde el miedo o puedes decidir desde la persona que estás intentando construir. Y no, no siempre vas a acertar. Esa es la putada. No hay una fórmula limpia. No hay un Excel que te diga cuándo arriesgarte, cuándo protegerte, cuándo apretar o cuándo esperar. Hay fisiología, hay datos, hay experiencia, hay criterio. Pero también hay algo mucho más difícil de medir: la paz de saber que, pase lo que pase, no te has abandonado.


Esto es algo que me gustaría llevar conmigo en lo que queda de año.


No desde la fantasía de que todo va a salir perfecto. La larga distancia no funciona así. En un Ironman siempre aparece algo. El calor, el estómago, calambres inesperados, una subida que no recordabas tan dura, una mente que se apaga sin previo aviso, una duda que entra sin permiso ni invitación.


Por eso no quiero llegar a esas carreras buscando únicamente un resultado. Quiero llegar con la sensación de haberme dado permiso para competir como creo que puedo competir. Con esa mezcla difícil entre números y confianza. Entre cabeza y cuerpo. Entre estrategia y encontrar ese flow. Entre respetar el plan y tener el coraje de no encogerme cuando aparezca el momento de verdad.


Y, sobre todo, quiero cruzar una línea de meta y sentir que, de alguna manera, ya había ganado antes de llegar. Porque cuando me dé la vuelta vea a mis padres, a mis amigos y a gente que ha elegido estar ahí. Gente que no tiene mis horarios, ni mi vida, ni mi contexto, ni mis facilidades. Gente que ha sacrificado días, dinero, viajes y tiempo para acompañarme en algo que, siendo honestos, no tienen por qué entender del todo. Pero están. Y a veces eso pesa más que cualquier medalla.


Porque quizá esa es la parte que más cuesta asumir cuando eres ambicioso. Tus decisiones pueden parecer egoístas. Tus horarios pueden parecer egoístas. Tu disciplina puede parecer egoísta. Sin embargo a veces, solo estás protegiendo un momento que luego no va a ser solo tuyo. Estás protegiendo una versión de ti que también pertenece a la gente que te quiere, que te sostiene, que te espera, que celebra cuando ganas y que te recoge cuando no todo sale como esperabas.


Esa es la pequeña victoria de esta semana.


No necesitas tenerlo todo claro para seguir. No necesitas que todo el mundo entienda tu ambición. No necesitas pruebas definitivas para empezar a vivir con más respeto por aquello que dices que quieres.


Solo necesitas no dejar que la duda dirija tu vida. Escúchala. Aprende de ella. Úsala para revisar, ajustar y mejorar. Pero no le entregues el volante.


Si estás en una etapa en la que tu camino se siente incierto, no lo confundas automáticamente con estar perdido. A veces se siente incierto porque todavía no hay huellas delante. Y si no hay huellas delante, quizá no significa que debas volver atrás.


Quizá significa que, por una vez, te toca caminar primero.

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Tiny Victories

I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.

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