Siempre te quedarán movimientos
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El segundo aprendizaje que me llevo de estos cuatro años compitiendo, creo que es mejor ilustrarlo con otro deporte, poco reconocido, y que físicamente no,
pero cognitivamente es de los más duros.
Hay una idea del ajedrez que llevo días teniendo en la cabeza. En cualquier partida puedes perder la reina, puedes perder las torres, puedes perder los alfiles y aun así ganar la partida. Porque la partida no termina cuando pierdes una pieza. Termina cuando cae el rey.
Me parece una metáfora bastante buena de lo que ocurre cuando avanzamos en la vida. Perdemos una relación y pensamos que todo se ha ido a la mierda. Perdemos un amigo, un socio, una oportunidad o una versión de nuestra vida que pensábamos que iba a durar para siempre, y confundimos perder algo importante con haber perdido en el sentido más abrupto de la palabra.
La realidad es que no es lo mismo.
Estos últimos cuatro años también me han enseñado bastante sobre dejar cosas atrás. Personas, lugares, rutinas e incluso versiones de mí mismo que durante mucho tiempo pensé que formaban parte de mi identidad.
Y creo que hay una sensación especialmente extraña que aparece cuando empiezas a cambiar: lo que antes te llenaba deja de hacerlo.
Conversaciones que antes te entretenían empiezan a aburrirte. Ambientes a los que deseabas ir empiezan a darte pereza. Personas con las que antes encajabas a la perfección empiezan a sentirse lejanas.
¿Te ha pasado?
Es fácil interpretarlo como un problema.
Piensas que te estás volviendo raro, que estás más solo, que antes disfrutabas más o que quizá algo dentro de ti se ha roto.
Quizá.
O quizá simplemente estás creciendo.
Y crecer tiene una parte bastante desagradable de la que hablamos poco: primero se siente como una pérdida y después como un progreso necesario.
Hay un momento en el que tu antigua vida ya no encaja contigo, pero todavía no has construido la siguiente. Has salido de una habitación, pero todavía no has llegado a la otra.
Ese espacio puede sentirse vacío.
Pero volvemos a caer en la misma trampa semántica, vacío y equivocado no significan lo mismo.
El problema es que muchas personas no soportamos demasiado bien ese vacío y decidimos no salir de esa habitación del todo. Volvemos a escribir a quien sabemos que ya no deberíamos escribir, volvemos al grupo en el que ya no encajamos o volvemos a comportarnos como nuestra antigua versión porque, aunque ya no nos representa, al menos nos resulta familiar.
Y familiar en este contexto no significa progreso.
Me ha costado bastante entenderlo. También me ha costado aceptar que no soy para todo el mundo.
Antes intentaba compensarlo. Moderar más mi opinión y mis palabras, no ser tan intenso, no exigir tanto o no mostrar demasiado algunas partes de mí porque podían resultar incómodas.
Y acabas descubriendo algo bastante absurdo: puedes amoldarte todo lo que quieras y aun así habrá personas a las que no les gustes y terminarás pagando dos veces.
No les gustas y, además, tampoco estás siendo tú mismo.
Con el tiempo he dejado de verlo como un problema. Que no seas para todo el mundo es probablemente una de las mejores herramientas de selección que tienes.
Cuando dejas de actuar buscando aprobación ocurre algo curioso: algunas personas desaparecen solas. No hace falta una discusión, ni un discurso, ni siquiera una despedida demasiado clara o algo que incluso cuesta mucho más: saber decir que no. Paradójico, ¿no?
Simplemente ya no encuentran sitio porque la relación necesitaba que tú fueras una versión más pequeña de ti mismo para funcionar.
Y eso también está bien.
No todas las personas que entran en nuestra vida están destinadas a llegar al final del tablero. Algunas llegan para dos movimientos, otras para veinte. Algunas te enseñan algo, otras te acompañan durante una etapa y unas pocas se quedan.
Nuestro error es pensar que para que una relación haya merecido la pena tiene que durar para siempre.
No.
A veces cumplió exactamente la función que tenía que cumplir y terminó. De la misma manera que tú cumpliste en la vida de otros.
No necesitas convertir cada final en una traición, ni cada pérdida en un fracaso.
La pregunta importante no es: ¿Qué he perdido?
Es: ¿Sigo en el tablero?
Porque si sigues aquí, quedan movimientos.
Probablemente muchos.
Hace cuatro años empezó para mí una etapa de mi vida completamente nueva y, durante esos cuatro años, han cambiado muchísimas cosas alrededor. Algunas las elegí, otras me dolieron y otras solo las entendí mucho después.
Hoy no intentaría recuperar muchas de ellas.
Porque ahora sé algo que entonces no sabía: el espacio que queda cuando algo se marcha no siempre está ahí para que vuelvas a llenarlo con lo mismo.
A veces está esperando a que llegue algo diferente.
A lo mejor últimamente sientes que algunas personas, lugares o cosas que antes te llenaban ya no lo hacen. Si es así, quizá no necesites volver atrás. Quizá simplemente necesites darte permiso para seguir avanzando. Dale una vuelta hoy, ojalá que te sirva de ayuda.
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I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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