La caída que nadie quiere asumir


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Feb 16 · tiny victories.
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La caída que nadie quiere asumir

Tiempo de lectura 6 minutos

El sueño olímpico es brillante. Pero frágil.

Jan Frodeno lo contaba en su newsletter hace unos días desde su sofá en Andorra mientras veía los Juegos de Invierno.

Una campeona de 17 años volando en el halfpipe. Atletas que vuelven de lesiones imposibles.

Y medallas que se desprenden de la cinta y se parten en dos.


Jan hablaba de objetivos y sueños. De si un objetivo es solo un sueño con fecha límite.

De si todo se puede planificar o si, en el fondo, lo único real es presentarte una y otra vez hasta que algo encaja.


Decía algo que me dejó pensando: el sueño siempre es más bonito que la realidad.

La realidad se cae, se rompe, se mancha. Y aun así, nos agachamos a recogerla del suelo.

Mientras tanto, Lindsay Vonn se partía la tibia, una semana después de romperse el cruzado, en la que ha sido su última aparición en unos Juegos.

Hace dos días escribió un post en su instagram, con una reflexión que me atravesó de lleno.

No sintáis pena. Yo sabía el riesgo. Lo asumí. Prefiero caer dando todo que cruzar la meta preguntándome “¿y si…?”.


Esa mentalidad es otro nivel.

El aprendizaje que me llevé, quiero compartirlo contigo.

Todo el mundo quiere el derecho a ganar, pero casi nadie quiere cargar con la responsabilidad de perder.

Queremos el reconocimiento, la medalla, el físico, el aplauso.

Pero no queremos los baches, las piedras en el camino, la crítica, el proceso largo, el riesgo real.

Ellos sí. Asumen el pack completo.

Jan soñó sin plan, pero se presentó durante años.

Lindsey sabía que la montaña era la que mandaba, y aun así salió a intentarlo una última vez.

Eso también se aplica a ti.


No entrenas solo para una marca o una foto. Entrenas para convertirte en alguien que asume las consecuencias de sus decisiones.

Alguien que no negocia con el qué pena ni con el pobrecito.

Nadie va a venir a salvarte.

Y nada está garantizado.


El progreso es una acumulación obscena de pequeñas victorias… y de caídas gestionadas lo mejor posible.

Tu medalla también se va a romper alguna vez.

Tu plan perfecto también se va a ir al suelo.

La pregunta no es si ocurrirá.

La pregunta es si, cuando pase, vas a escudarte en las injusticias o si asumirás la responsabilidad de yo elegí estar aquí.

Quiero acabar compartiéndote un regalo. Un fragmento de mi nuevo libro: Pequeñas victorias.


Acabo de hacer café. Solo y de prensa francesa, mi favorito. Es diciembre y empieza a hacer frío en Madrid.

En mis oídos suena Ludovico Einaudi, al que tendré el placer de ver en directo en menos de una semana.

He releído todo desde el principio las veces necesarias como para darme cuenta de que, definitivamente, esto no es un libro.

Como escribí al empezar, es más bien un cuaderno de bitácora. Una guía. Los relatos, pensamientos, reflexiones y vivencias de un

chaval de 33 años que no tenía ni idea de lo que quería hacer con su vida. Un capitán sin barco ni tripulación.

Sin rumbo ni destino. Sin brújula ni dirección. Totalmente perdido, con una jauría de voces en la cabeza cada día distinta,

algunas más benevolentes que otras, pero todas empujándome a cambiar de opinión con cada decisión que tomaba.

Incluso sin buscarlo, pasé por una crisis de fe. Si ya tenía la cabeza llena de ideas y pensamientos, me permití el lujo

de añadir mis dudas sobre Dios. Quería creer, pero no sabía cómo hacerlo.


Recurrí a mi amigo Cayetano. Primero cura y después ciclista. Un Fourier desde sus inicios. Acudí a él movido por

la desesperación de intentar delegar en la fe la claridad de mis pensamientos y decisiones futuras.

Quedamos una tarde en su asociación para charlar y poder expresarme sin tapujos ni remordimientos.

Me recibió con los brazos abiertos y durante casi dos horas compartí con él todos mis demonios.

Me quedé vacío, sin saber si lo que decía tenía sentido para él. Cayetano no dijo una sola palabra. Ni una.

Yo seguí llenando cada silencio con pensamientos e ideas que jamás me había atrevido a compartir con nadie.

Después de casi dos horas, por fin escuché un veredicto:

Yo también.

A veces no necesitamos un consejo. A veces, lo único que necesitamos es escuchar que no estamos solos.

Quiero que el final de esta entrada sea un recordatorio de que la vida no es lineal ni perfecta.

Habrá días buenos, días malos y días en los que no sabrás por qué haces lo que haces. Pero siempre puedes regresar a ti: a tus valores, a tus

porqués y a los principios que te han traído hasta aquí. He escrito estas páginas pensando en ti.

En los momentos en los que la motivación no alcanza, en los días en los que sientes que el mundo pesa demasiado. No te prometo

que estos principios te cambien la vida de la noche a la mañana, pero sí puedo asegurarte que, si los llevas contigo,

serán un faro cuando el camino se nuble.

Esto que tienes entre las manos no está para adornar una estantería.

Está para mancharse con subrayados, para llenarse de notas, para acompañarte en cada una de tus batallas.

No importa dónde estés ni cómo te sientas, siempre puedes volver a casa.

Y tu casa eres tú.

Puedes hacerte ya con mi nuevo libro AQUÍ

Qué lo disfrutes.

Tiny Victories

I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.

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