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Hay una mentira bastante cómoda que nos contamos cuando no somos constantes.
Y suena bien, porque parece una explicación suficiente para tapar todos tus problemas. Parece que ya sabes por qué empiezas cosas y no las terminas, por qué entrenas tres semanas bien y luego desapareces, por qué comes mejor de lunes a jueves y luego el fin de semana te atropella, por qué dices que vas a escribir, leer, caminar, entrenar, cuidarte o construir algo importante y, al cabo de unos días, vuelves exactamente al mismo sitio de siempre. Pero en realidad lo que estás haciendo es eso, tapar tus problemas, no solucionarlos. Muchas veces sí tienes disciplina. Lo que no tienes es un sistema que sobreviva a tu día a día.
Y esto es importante, porque la vida real no se parece en nada a la vida que imaginas cuando te marcas objetivos. Cuando estás motivado, descansado, con tiempo, con energía y con la cabeza relativamente ordenada, es muy fácil diseñar una versión ideal de ti mismo. Una versión que entrena todos los días, come perfecto, madruga sin negociar con la almohada, trabaja sin distracciones, cuida sus relaciones, lee antes de dormir y encima tiene tiempo para preparar tuppers para toda la semana.
El problema es que esa persona existe muy poco tiempo.
La mayoría de los días eres tú, pero con sueño. Tú, pero con trabajo acumulado desde hace semanas. Tú, pero con una conversación pendiente que no paras de procrastinar. Tú, pero con ansiedad. Tú, pero con la casa desordenada, el cuerpo cansado, la cabeza saturada y cero ganas de hacer lo que dijiste que ibas a hacer cuando te sentías como en el párrafo anterior.
Y ahí es donde la constancia se rompe. No porque seas débil. Sino porque has construido tus hábitos en base a tus estados de ánimo.
Hace un tiempo escribí algo sobre esto en una de esas notas que dejo guardadas en mi ordenador o en las notas del Iphone, sin saber muy bien si algún día las voy a usar o si simplemente necesitaba sacarlas de mi cabeza. Escribí que realmente no hay atajos. Que la constancia es el único puente entre donde estás y tus sueños más atrevidos. Que no es sexy, no es glamuroso y casi nunca se ve desde fuera. Que ocurre en esos momentos tranquilos, cuando nadie te observa, cuando el progreso parece una broma de mal gusto y aun así haces lo que dijiste que ibas a hacer.
Porque esa es la parte que nadie quiere romantizar y la realidad que a muchos nos cuesta asumir. La constancia es aburrida de cojones.
La grandeza no viene de lo que haces una vez. Viene de presentarte a diario. De ese rechazo obstinado a abandonar incluso en tus momentos más bajos. No porque siempre tengas ganas, sino porque has decidido que tus ganas no pueden tener tanto poder sobre tu vida.
Y aquí entra una idea que leí hace poco de Sahil Bloom, uno de mis escritores favoritos, que me pareció brutal por lo simple que es. Él lo llama el sistema de objetivos ABC.
La idea, según cuenta, nació en una conversación con un maratoniano americano antes de correr su primera maratón. Sahil quería bajar de tres horas, un objetivo bastante agresivo para alguien que estaba empezando en la distancia. Y este corredor le dijo algo muy sencillo: para una maratón necesitas tres objetivos, no uno.
Un objetivo A: el escenario ideal.
Un objetivo B: el escenario base, realista, el que realmente deberías perseguir de entrada.
Un objetivo C: el escenario mínimo, el que mantiene viva la carrera cuando todo empieza a torcerse.
En una maratón, el objetivo A puede ser tu tiempo soñado. El B puede ser una marca sólida y realista. El C puede ser simplemente terminar. Y esto, que parece una tontería, cambia mucho la forma de competir. Porque cuando solo tienes un objetivo y empiezas a perderlo, tu cabeza se queda sin nada. Si querías correr en 2h59 y en el kilómetro 28 ya sabes que no va a pasar, es muy fácil venirse abajo. Es muy fácil pensar que la carrera ya no merece la pena. Es muy fácil abandonar mentalmente aunque tus piernas sigan corriendo.
Pero si tienes un objetivo B y un objetivo C, sigues dentro. Sigues peleando. Sigues teniendo algo a lo que agarrarte. Y lo importante es que Sahil se dio cuenta de que esto no solo servía para correr. Servía como estilo de vida. Porque el problema de muchas personas ambiciosas no es que aspiren demasiado alto. El problema es que convierten lo alto en la única opción válida. Y cuando no pueden alcanzar ese escenario ideal, no hacen nada.
No tengo una hora para entrenar, así que no entreno.
No tengo dos horas para trabajar en profundidad, así que pierdo el día respondiendo correos.
No puedo comer lo que me toca, así que lo mando todo a la mierda.
No puedo hacer la sesión completa, así que mejor descanso.
Y así, poco a poco, la búsqueda de lo óptimo se convierte en una excusa perfecta para no hacer ni lo mínimo.
Esto lo veo constantemente en el entrenamiento. Gente que cree que fallar una sesión es el problema, cuando en realidad el problema es lo que hacen después de que eso suceda. Porque una sesión perdida no tira por tierra todo el proceso. Un mal día no rompe tu identidad. Pero usar ese mal día como permiso para dejar de actuar, sí.
La constancia no consiste en hacer siempre el plan perfecto. La constancia consiste en no desaparecer.
Y para eso el sistema ABC me parece una herramienta muy potente, porque te obliga a dejar de vivir entre dos extremos: hacerlo perfecto o no hacerlo. Te da una tercera vía. Una vía mucho más adulta, más realista y, sobre todo, más sostenible.
Por ejemplo, esta semana cuando vayas a entrenar, tu objetivo A puede ser hacer una sesión completa de fuerza de 60 minutos. Tu objetivo B puede ser hacer 30 minutos de movimiento. Tu objetivo C puede ser caminar 15 minutos.
Eso es todo.
El día que estás bien, haces el A.
El día que estás normal, haces el B.
El día que estás roto, haces el C.
Y esto es clave si quieres aplicar esta estrategia desde mañana: el objetivo C tiene que parecer casi ridículamente fácil. No tiene que impresionar a nadie. Simplemente tiene que mantenerte en vereda he impedir que rompas el contrato contigo mismo.
Porque cualquier cosa por encima de cero acumula.
Una caminata de quince minutos es infinitamente mejor que quedarte en el sofá sintiéndote culpable. Diez minutos de movilidad son infinitamente mejores que nada. Escribir tres líneas es infinitamente mejor que esperar al día perfecto para escribir dos páginas. Mandarle una canción a alguien por whatsapp, es infinitamente mejor que seguir desaparecido por no tener energía para una llamada (esto lo hago mucho con la gente que quiero).
No tiene que ser óptimo para ser beneficioso.
Y creo que aquí hay una de las mayores lecciones sobre la constancia:
La mayoría de la gente vive como si ambas cosas fueran inseparables.
Pero, ¿y si una cosa no tuviera que depender de la otra? ¿Y si tu estado de ánimo fuera información, pero no una orden? ¿Y si estar cansado no significara automáticamente no hacer nada, sino ajustar la dosis? ¿Y si estar triste no significara abandonar, sino bajar el volumen y seguir con algo más manejable? ¿Y si tener miedo no significara parar, sino hacerlo con miedo?
Porque mentirte no funciona. Decirte “no estoy cansado” cuando estás reventado es absurdo. Decirte “no estoy estresado” cuando tienes el sistema nervioso como una lavadora centrifugando tampoco sirve de mucho. Tu cerebro no es imbécil. Sabe perfectamente cómo estás. Y cuanto más intentas negarlo, más ruido hace. Eso es lo que yo entiendo por ser constante.
Y sé que esto puede parecer poco ambicioso, pero creo que es justo lo contrario. Lo verdaderamente mediocre es depender siempre de estar bien para hacer lo que dijiste que era importante. Porque entonces no mandas tú y son tus emociones las que manejan el timón a su antojo. Vivir así es agotador, porque conviertes cada hábito en una negociación. Cada entrenamiento en un debate. Cada comida en una batalla. Cada paso hacia la persona que quieres ser en una especie de referéndum interno donde tus excusas siempre tienen derecho a voto.
Por eso necesitas sistemas. No para convertirte en una máquina. Sino para dejar de depender tanto de tus días buenos. La constancia no se construye esperando a que la vida se calme. Se construye diseñando una forma de actuar incluso cuando la vida se pone cuesta arriba. Se construye entendiendo que habrá días A, días B y días C. Días donde todo fluye, días donde vas con la gasolina justa y días donde apenas puedes sostenerte. Y en todos ellos puede haber una pequeña victoria. No la misma, con la misma intensidad o con el mismo resultado. Pero sí con la misma dirección.
Y eso, al final, es lo que cambia una vida. Esa acumulación obscena de pequeñas acciones repetidas durante suficiente tiempo. Una comida. Un entrenamiento. Una caminata. Una hora más de sueño. Una conversación incómoda. Una página escrita. Una decisión que nadie ve.
Elige un área de tu vida en la que te está costando ser constante y escribe tus tres objetivos ABC.
No lo compliques. La regla es sencilla: no puedes hacer cero.
Puedes bajar la cantidad. Puedes bajar la intensidad. Puedes adaptar la expectativa e incluso tener compasión con tu contexto. Pero no puedes desaparecer.
Porque la constancia no es hacerlo siempre perfecto. La constancia es seguir siendo la persona que dijiste que querías ser, incluso cuando el día no ayuda.
Ahí empieza todo.
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I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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