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El domingo fui a ver el Ironman de Vitoria. He estado en muchas competiciones. Algunas desde dentro, con un dorsal puesto y los nervios recorriéndome el cuerpo. Otras, como esta vez, desde el otro lado de las vallas.
Y hay algo que siempre me pasa cuando estoy fuera. Miro a la gente a la cara. No veo únicamente atletas nadando, pedaleando o corriendo. Intento imaginar todo lo que existe detrás de cada uno de ellos: las horas que nadie ha visto, los entrenamientos hechos sin ganas, las conversaciones difíciles, los planes que tuvieron que rechazar, las dudas, las lesiones y las mañanas en las que se levantaron preguntándose para qué coño estaban haciendo todo aquello.
Siempre pienso lo mismo: ¿cuál será su historia? Porque sé que nadie llega hasta una línea de salida por casualidad. Y mucho menos hasta una meta.
Esta mañana he ido al gimnasio a entrenar y me había dejado la pulsera para entrar. Me acerqué a recepción y se lo comenté a Sergio, uno de los chicos que trabaja allí. Mientras solucionaba el acceso, me miró y me dijo:
Tenía 2.500 metros continuos y durante prácticamente todo el entrenamiento no pude dejar de pensar en aquella conversación. Pensé en el punto en el que estoy, en el lugar del que vengo y en todo lo que ha tenido que pasar para llegar hasta aquí.
Desde fuera, puede parecer que después de trabajar durante más de diez años todo debería empezar a ser más fácil. Que cuando consigues cierta estabilidad, experiencia, visibilidad o reconocimiento, las dudas desaparecen. Pero no funciona así. Al menos no para mí.
Las dudas que tengo ahora son, en muchos sentidos, más grandes que nunca. Porque cada vez que alcanzas un nuevo nivel, aparecen problemas nuevos. Descubres que necesitas habilidades que todavía no tienes. Que algunas de las cosas que te trajeron hasta aquí ya no van a llevarte más lejos. Que tienes que mejorar, cambiar, delegar, aprender o empezar de cero en aspectos en los que creías que ya eras bueno.
No se vuelve más fácil. Tú tienes que volverte más capaz.
Y cuando tienes una ambición como la mía, cuando existe dentro de ti esa necesidad de crecer y de descubrir hasta dónde puedes llegar, nunca terminas de sentir que has llegado. Siempre hay otro límite, otra versión de ti, otra conversación incómoda que necesitas tener y otra debilidad que tienes que reconocer.
Supongo que el día en el que deje de sentir esa necesidad de avanzar será el momento de aceptarlo y echarme a un lado. Pero ese día todavía no ha llegado.
Yo vengo de no ser capaz ni de construir un currículum decente. No duraba más de un año en prácticamente ningún trabajo. Me costaba soportar que alguien me dijera lo que tenía que hacer. Me costaba aceptar normas y decisiones con las que no estaba de acuerdo.
No era solo ego. Desde muy joven he tenido muy claros algunos principios y valores. Y cuando sentía que un lugar no estaba alineado con ellos, se me hacía muy difícil permanecer allí. Muchas veces tuve que agachar la cabeza, callarme, obedecer y asentir aunque no estuviera de acuerdo. Pero me cansé pronto de vivir de esa manera.
Así que me compré una camilla de madera y empecé a ir por las casas dando masajes. Hacía ejercicio con personas mayores, entrenaba gratis a mis amigos y les enviaba documentos cutres, mal diseñados y probablemente mediocres para que supieran qué hacer cuando no estábamos juntos. En aquel momento ni siquiera sabía programar un entrenamiento de verdad. Pero empecé.
También dirigí un gimnasio siendo muy joven. Tuve que aprender a liderar a personas bastante mayores que yo cuando todavía estaba intentando entenderme a mí mismo. Trabajé en el extranjero. Invertí más de 3.000 euros que prácticamente no tenía en un proyecto de una aplicación que nunca llegó a funcionar.
Quizá la idea no era mala. Quizá simplemente no era el momento. Porque a veces una idea fracasa no porque no tenga valor, sino porque todavía no tienes la experiencia, las herramientas, las personas o la madurez necesarias para ejecutarla.
He cometido millones de errores. He tomado decisiones que hoy no volvería a tomar. He confiado en personas equivocadas. He perdido dinero. Me he equivocado públicamente. He sentido vergüenza. He dudado de mí mismo. He empezado cosas que no terminé y terminé cosas que probablemente nunca debería haber empezado.
No estoy orgulloso de todo, pero todo forma parte de mí.
Por eso, cuando alguien me dice que le inspiro, cuando una persona se acerca en una competición, me escribe un mensaje o me reconoce en la recepción de un gimnasio, lo agradezco muchísimo. De verdad. Pero también necesito decir algo: no me pongáis en un pedestal.
No soy diferente a vosotros. No tengo nada especial que me haya protegido del miedo, del fracaso o de la inseguridad. No he sabido siempre lo que estaba haciendo. La mayoría de las veces, simplemente he avanzado con la información que tenía en ese momento.
Lo único que he hecho durante una parte enorme de mi vida ha sido trabajar hasta dejar muy poco espacio para que algo pudiera detenerme. He aprendido lo que necesitaba aprender. He probado, he fallado, he corregido, he vuelto a fallar y he seguido.
Durante más de una década he ido acumulando habilidades, experiencias, errores y cicatrices que durante mucho tiempo parecían no estar conectados entre sí. Pero ahora, mirando hacia atrás, empiezan a tener sentido.
Ese es uno de los aprendizajes más importantes de mi vida. No siempre vas a entender por qué te está pasando algo mientras lo estás viviendo. Hay golpes que en el momento parecen injustos. Etapas en las que sientes que estás perdiendo el tiempo. Decisiones que parecen desviarte del camino. Fracasos que te hacen preguntarte si tienes lo necesario. Pero muchas veces solo puedes conectar los puntos mirando hacia atrás.
Hoy todavía tengo problemas que no comparto. Dificultades dentro del negocio. Decisiones que no sé cómo tomar. Relaciones profesionales que tengo que revisar. Preguntas sobre cómo llevar lo que he construido hasta el siguiente nivel. Inseguridades, comparaciones, momentos en los que sobrepienso todo y días en los que no sé con claridad cuál es el siguiente paso.
Y, de alguna manera, se parece mucho al principio. Tienes una idea, te mueves, aprendes, te golpeas, te adaptas y creces.
La confusión no desaparece con el éxito. Solo cambia de forma. Los retos también. Pero hay algo que sigue siendo igual: tienes que continuar siendo honesto contigo mismo. Tienes que aceptar el feedback, dejar el ego a un lado, mirar tus carencias sin esconderte y seguir apareciendo. Especialmente cuando nadie está mirando.
Porque mientras no abandones, todavía no has perdido. Puedes tardar más de lo que imaginabas, equivocarte de dirección o tener que reconstruirlo todo. Pero si sigues trabajando, aprendiendo y confiando en esa sensación interna de que estás construyendo algo que merece la pena, las piezas empiezan a encajar.
No de una manera mágica. No porque el universo te deba nada. Encajan porque llevas años preparándote para reconocer las oportunidades cuando aparecen.
Y hay otra cosa que he entendido. La única forma real de escapar de la competición es ser tú mismo. Porque alguien puede copiar tus entrenamientos, tu forma de comunicar, una idea, una estética, una campaña o una estructura. Pero nadie puede competir contigo siendo tú.
En un momento en el que todo el mundo observa lo que hacen los demás, repite fórmulas y busca atajos, ser completamente real es una ventaja. No necesitas inventarte un personaje. No necesitas parecer más fuerte, más exitoso o más seguro de lo que eres.
Necesitas hacer cosas que tengan sentido para ti, aunque todavía no se lo encuentren los demás. Necesitas cuidar tanto lo que haces que, con el tiempo, acabes elevando el nivel de una forma que otros no están dispuestos a sostener.
Quizá al principio te vean cien personas. Luego mil. Quizá algún día cien mil. Pero eso no puede ser el motivo. El motivo tiene que ser el trabajo, el amor por el proceso, la necesidad de expresarte de una manera que sea tuya y la voluntad de construir algo que no podrías construir si estuvieras intentando agradar a todo el mundo.
A día de hoy soy profundamente feliz con la vida que he creado. No porque todo sea perfecto. No lo es. Soy feliz porque reconozco el precio que he pagado por llegar hasta aquí y porque sé que nada de esto apareció de un día para otro.
Se construyó entrenando, trabajando, fallo tras fallo, decisión tras decisión y año tras año.
Por eso no quiero que nadie mire mi vida y piense que he hecho algo imposible. Quiero que la mire y entienda que se puede avanzar desde muy abajo. Sin contactos. Sin tenerlo claro. Sin una gran estrategia. Sin sentirte preparado.
Puedes empezar con una camilla de madera, con un documento cutre, con una idea mal ejecutada, con miedo o con dudas. Lo importante es empezar. Y después volver a empezar tantas veces como sea necesario.
Porque hay personas que son muy difíciles de vencer. No porque sean las más fuertes, las más rápidas o las más talentosas, sino porque les falta algo que la mayoría sí tiene: un botón para apagarse.
No puedes.
Y esa es, probablemente, la única diferencia.
No soy especial. No soy invencible. No tengo todas las respuestas. Simplemente sigo aquí. Sigo aprendiendo. Sigo trabajando. Sigo intentando convertirme en alguien capaz de sostener la vida que quiero construir.
Así que no me pongas en un pedestal. Mira el camino. Mira los errores. Mira todo lo que hubo antes de cualquier reconocimiento. Y después vuelve a mirarte a ti.
Porque quizá no necesites convertirte en otra persona. Quizá solo necesites dejar de abandonarte cada vez que las cosas se ponen difíciles.
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I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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