Esta imagen me la pasó una amiga el otro día. Esa es la perspectiva desde la que escribo esto y desde la cual estoy intentando lidiar últimamente. Nunca vas a llegar a donde sueñas si no te respetas lo suficiente como para hacer lo que sabes que tienes que hacer, incluso cuando no te apetece una mierda. Y eso es lo que separa a los que se quedan en “algún día” de los que llegan. Haz el trabajo. Hazlo cuando nadie te aplauda. Hazlo cuando solo tú creas que tiene sentido. Hazlo cuando todo se tambalea. Hazlo cuando todo va bien. Hazlo cuando tienes mil razones para no hacerlo. Hazlo, punto. Porque tu negocio no se va a construir solo. Tu físico no se va a esculpir solo. Y tus objetivos no se logran de la noche a la mañana. El trabajo viene cargado de cierta resistencia. Y vencer esa resistencia es el precio que hay que pagar. No una vez. No dos. Sino cada puto día. Últimamente, yo también estoy pagando ese precio. Pero no en forma de más trabajo. Sino en forma de soltar. Llevo años siendo alguien que necesita tenerlo todo bajo control. Todo bien atado. Bien estructurado. Bien ejecutado. Pero ahora mismo estoy metido de lleno en un proceso radical de descontrol consciente. Estoy aprendiendo a delegar. A confiar. A no llevarlo todo yo. A asumir que si quiero llegar lejos, necesito un equipo, no puedo hacerlo solo. Y no es fácil. A nivel de entrenamiento lo entendí pronto: Tengo dos entrenadores. Psicóloga. Nutricionista. Y aunque tenga el conocimiento para llevarme solo, prefiero entregarme a alguien que me vea desde fuera y me ayude a sacar lo mejor de mí. Porque sé que, si me vacío ahí, puedo llenar otras áreas. Pero FLOW Performance no es un entrenamiento. Es un mundo en sí mismo. Y soltar el control de todo ello… me está costando la vida. Estoy en plena transición. He empezado a entrevistar entrenadores para formar una plantilla sólida. Hemos montado un equipo de filmmakers para documentar todo lo que se cocine ahí dentro. Estamos delegando la creación de contenido, el canal de YouTube, tareas operativas, procesos internos… Y te soy sincero: Aunque todo esto me ilusiona, también me está generando una ansiedad brutal. Porque al soltar el control… también me estoy quedando solo. Me cuesta distinguir entre la soledad y la solitud. Y muchas veces, me siento aislado. Incomprendido. Como si nadie entendiese lo que supone cargar con la visión, las decisiones, las consecuencias. Como si estuviera metido en una espiral de aislamiento que me obliga a apagarme para que todo lo demás funcione. Pero esta semana entendí algo: No se trata de huir de esa soledad. Se trata de elegirla con propósito. Y recordarme que yo tomé esta decisión. Así que estoy aquí, en medio del caos, con el corazón acelerado, la cabeza en llamas y la vista puesta en Vitoria, en 3 semanas, y en el Mundial, dentro de 12. Y con todo eso encima, hay algo que no ha cambiado: El trabajo se tiene que hacer. Con miedo. Con incertidumbre. Con dudas. Con cansancio. Porque si me respeto de verdad, no hay excusa que valga. Así que si tú también estás en ese punto —de soltar, de resistir, de no saber si lo que haces tiene sentido pero seguir haciéndolo—, solo te digo esto: Hazlo. Hazlo cuando estés solo. Hazlo cuando te tiemble la voz. Hazlo cuando sientas que no tienes el control. Hazlo. Porque si no lo haces tú… nadie lo hará por ti. Y cada noche, cuando te acuestes, sabrás que estuviste a la altura de lo que te pedía la vida en ese momento. 🏆 Mis 3 tiny victories
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I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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