Un reloj, una brújula y una metáfora sobre el entrenamiento
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Antes habría terminado ese entrenamiento.
Aunque fueran las once de la noche. Aunque estuviera lloviendo. Aunque el cuerpo me pidiera hacer exactamente lo contrario.
Durante la preparación de mi primer Ironman hice algunos entrenamientos que todavía recuerdo con una claridad absurda. Uno de ellos fue una carrera de más de veinte kilómetros después de regresar de un viaje de trabajo a Sevilla. No había encontrado otro momento durante el día y, cuando llegué a casa, ya eran cerca de las once de la noche. Podría haberme metido en la cama, pero me cambié de ropa y salí a correr. Recuerdo cruzarme con gente que me miraba como si estuviera completamente loco.
Otro día tenía seis horas de bicicleta y amaneció lloviendo. No fue una tormenta puntual ni cuatro gotas que desaparecieron al cabo de media hora. Estuve prácticamente las seis horas bajo el agua, dando vueltas por una misma zona para no alejarme demasiado. Y lo más extraño es que lo disfruté. Sentía que aquel entrenamiento estaba demostrando algo sobre mí que iba mucho más allá de la bicicleta.
Esas sesiones me cambiaron.
No necesariamente por los kilómetros, los vatios o las adaptaciones fisiológicas que produjeron en mí, sino porque me obligaron a convertirme en alguien capaz de cumplir su palabra cuando las circunstancias no acompañaban. El Pablo que estaba empezando necesitaba descubrir que podía salir a correr de noche, soportar seis horas bajo la lluvia y seguir avanzando cuando su cabeza le ofrecía razones perfectamente válidas para parar.
Pero ahora no lo haría.
Si hoy tuviera cinco horas de bicicleta y empezara a llover de una manera que impidiera entrenar bien, probablemente cortaría la sesión. Buscaría otro día, modificaría la planificación o asumiría que esa semana no voy a completar exactamente todo lo que estaba escrito.
Si por trabajo se me hicieran las once de la noche y todavía tuviera pendientes veinte kilómetros, no saldría a correr. Cenar, descansar y dormir bien sería una decisión mucho más inteligente que cumplir el entrenamiento a cualquier precio.
No porque ahora sea más débil o porque sea menos disciplinado. Y tampoco porque me importe menos mejorar.
Sencillamente, el entrenamiento que necesitaba entonces no es el mismo que necesito ahora.
Cuando estás empezando, muchas veces entrenas para construir capacidades físicas, pero también para demostrarte que eres una persona capaz de hacer cosas difíciles. Necesitas pasar por experiencias extremas porque todavía estás levantando los cimientos de tu identidad. Estás aprendiendo a no negociar constantemente contigo mismo, a tolerar la incomodidad y a cumplir incluso cuando la motivación desaparece.
Con el tiempo, si haces bien las cosas, esa identidad deja de estar en duda.
Ya no necesitas utilizar cada entrenamiento como un examen para comprobar si sigues siendo disciplinado. No necesitas acabar destruido para sentir que has trabajado. Tampoco necesitas publicar todos tus entrenamientos para convencer a los demás —o convencerte a ti mismo— de que vas en serio.
Tu responsabilidad cambia. Ya no consiste únicamente en ser capaz de soportar más. Consiste en tener la madurez suficiente para saber cuándo continuar, cuándo adaptar y cuándo parar.
Esto es mucho más difícil de lo que parece, porque completar de más suele alimentar tu ego. Terminar las seis series que marcaba tu entrenamiento cuando el cuerpo solo tenía cuatro buenas, te hace sentir fuerte. Acabar una tirada larga después de haber dormido fatal te permite decir que no pusiste excusas. Seguir entrenando aunque las condiciones sean una mierda, te da durante unas horas la sensación de ser invencible.
El problema es que sentirse invencible y estar tomando una buena decisión no siempre van de la mano.
Un entrenamiento no es mejor porque hayas sufrido más. Es mejor cuando cumple el propósito para el que estaba diseñado.
Hay días en los que ese propósito será precisamente exponerte a la incomodidad y aprender a continuar. Pero habrá otros en los que forzar una repetición más, una hora más o unos kilómetros más solo servirá para acumular fatiga, empeorar la recuperación y comprometer lo que viene después.
La disciplina no consiste en obedecer ciegamente un entrenamiento pautado. Consiste en respetar el proceso completo.
Y el proceso completo no se puede juzgar por una sesión aislada.
Una de las ideas que intentaba transmitir el otro día a los atletas de FLOW es que no pasa absolutamente nada si una sesión tiene que modificarse. No eres peor atleta porque un día hagas cuatro series en lugar de seis. No estás menos comprometido porque cambies una tirada larga de día. No has perdido tu mentalidad porque reduzcas el ritmo después de una mala noche o porque reconozcas que mentalmente no estás preparado para exprimirte.
Un entrenamiento imperfecto no destruye una preparación sólida. Lo que sí puede destruirla es convertir cada día en una batalla para proteger tu ego.
Estamos demasiado obsesionados con mirar el reloj y ver cuánto hemos entrenado, cuánto nos falta, cuánto hacen los demás, a qué velocidad estamos progresando y si deberíamos encontrarnos ya en otro punto. Pero un reloj solo puede decirte a qué velocidad te estás moviendo. No puede decirte si vas en la dirección correcta.
Para eso necesitas una brújula.
Puedes completar todas las horas de una semana y estar alejándote de tu objetivo. Puedes correr más kilómetros que nunca y estar comprando todas las papeletas para lesionarte. Puedes entrenar con una intensidad brutal durante tres semanas y desaparecer durante las tres siguientes. Y también puedes reducir una sesión, descansar una tarde y seguir avanzando en la dirección adecuada.
Por eso cada vez creo menos en la disciplina entendida como una sucesión de actos heroicos. Creo mucho más en la devoción. En comprometerte profundamente con algo sin convertir ese compromiso en una forma de castigarte.
La obsesión bien entendida no es hacer siempre más. Es prestar tanta atención a lo que persigues que eres capaz de distinguir entre lo que alimenta el proceso y lo que únicamente alimenta tu personaje.
Aquel Pablo necesitaba salir a correr a las once de la noche. El Pablo de hoy necesita tener la seguridad suficiente para irse a dormir.
Ambas decisiones pueden nacer del mismo compromiso. La diferencia es que una construyó la persona que necesitaba ser entonces y la otra protege al atleta que necesito ser ahora.
El progreso no siempre consiste en tolerar más sufrimiento. A veces consiste en dejar de necesitarlo para demostrar quién eres.
El reloj puede recordarte que hoy avanzaste más despacio. Tu brújula te recordará que sigues en el camino.
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I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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