Quizá no tengas que fingirlo
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El otro día iba en el coche escuchando El Bien, de Viva Suecia, y una frase me hizo conectar con algo que había vuelto a subrayar en un libro:
Nada es tan importante.
Así, sin más.
Una frase que puede parecer una tontería hasta que te encuentra en el momento adecuado. Entonces empiezas a pensar en todas las cosas a las que has dado una importancia enorme. Las que has conseguido. Las que todavía persigues. Las que llevas meses utilizando para decidir si tu vida va bien o va mal.
Estoy releyendo Win the Inside Game, de Steve Magness. Como siempre, con un lápiz cerca. Subrayo, hago anotaciones, me voy por las ramas. A veces una página me lleva más tiempo por lo que me hace pensar que por lo que tardo en leerla.
En uno de esos fragmentos, Magness recoge una conversación entre Joseph Campbell y Bill Moyers.
Campbell plantea que quizá lo que buscamos no sea tanto encontrar el significado de la vida como experimentar que estamos vivos. Que lo que nos ocurre por fuera conecte con algo por dentro.
Y cuando Moyers le pregunta por una experiencia así en su propia vida, Campbell recuerda una carrera de relevos que corrió en un equipo de la universidad.
Una carrera.
Después de una vida dedicada a estudiar mitos y escribir obras influyentes, ese es el recuerdo que aparece al hablar de sentirse vivo.
Me quedé pensando en eso.
Porque entiendo perfectamente la necesidad de conseguir cosas. Querer ganar más dinero, desarrollar un proyecto, comprarte una casa o ver que tu esfuerzo sirve para algo. Hay objetivos que mejoran la vida de una forma muy concreta. Tener estabilidad te permite respirar. Poder elegir tiene valor.
Sería bastante cómodo despreciar todo eso cuando ya lo tienes resuelto.
El problema aparece cuando empezamos a pedirle a esas cosas que resuelvan también nuestra relación con nosotros mismos.
Cuando una cifra tiene que demostrarnos que somos suficientes. Cuando un resultado tiene que justificar todos los años anteriores. Cuando necesitamos llegar a cierto lugar para permitirnos estar a gusto donde estamos.
Ahí la ambición empieza a cobrar un precio que muchas veces ni siquiera vemos.
Puedes pasar un día haciendo cosas que te importan y acabar sintiendo que no ha contado, porque todavía no has conseguido lo que esperabas.
Has escrito, has trabajado, has entrenado, has hablado con alguien a quien quieres.
Pero miras lo que falta.
Y lo que falta se come todo lo demás.
Creo que a veces llamamos disfrutar de la vida a una persecución bastante agotadora: conseguir algo que nos dé satisfacción, acostumbrarnos a tenerlo y empezar a buscar lo siguiente.
Hasta el disfrute puede convertirse en una tarea. El viaje tiene que ser inolvidable. El fin de semana tiene que compensar la semana. La experiencia tiene que estar a la altura de lo que habíamos imaginado.
Qué cansancio tener que sacarle rendimiento también a estar vivo.
Por eso me interesa tanto aquella carrera de Campbell. Hay algo en hacer una cosa y estar metido en ella que puede acercarnos a nuestra propia vida de una forma que ningún balance consigue.
Leyendo una página que te obliga a detenerte. Escribiendo hasta encontrar la frase que expresa lo que querías decir. Corriendo y prestando atención a lo que está haciendo tu cuerpo. Escuchando una canción en el coche.
Son momentos que pueden pasar desapercibidos cuando solo estamos pendientes de adónde nos llevan.
Últimamente pienso mucho en eso que llamo niveles de consciencia. En cómo cambia tu perspectiva cuando empiezas a reconocer cosas que antes hacías automáticamente. Lo que persigues por deseo y lo que persigues por costumbre. Lo que necesitas y lo que has aprendido a necesitar para sentirte a la altura.
Sigo creyendo que hay algo valioso en esa idea, aunque la palabra niveles también me hace desconfiar un poco.
Porque es fácil convertir una perspectiva nueva en una posición de superioridad. Pensar que tú has entendido algo y que los demás todavía no han llegado.
Y puede que estés viendo algo que antes no veías. Pero eso no significa que estés viendo todo.
Una persona puede tener mucha claridad en el trabajo y ninguna en sus relaciones. Puede entender perfectamente lo que le conviene y seguir haciendo lo contrario. Puede haber aprendido algo importante y olvidarlo en cuanto se encuentra cansada, asustada o bajo presión.
También puede estar tan ocupada sosteniendo su vida que apenas tenga espacio para ponerse a contemplarla.
Quiero acordarme de eso cuando me cuesta compartir una reflexión con alguien. La dificultad para entendernos no demuestra, por sí sola, que uno esté más avanzado que el otro.
Quizá tener más perspectiva debería ayudarme a escuchar mejor.
Y quizá también debería ayudarme a exigirle menos a cada día.
Porque aquí hay otra trampa: convertir la idea de sentirse vivo en una obligación de sentir algo extraordinario todo el tiempo.
Habrá tardes aburridas. Días en los que trabajar será simplemente trabajar. Entrenamientos que querrás terminar. Páginas que no te dirán nada.
Nuestra vida también contiene todo eso.
La frase de El Bien me sirve para bajar el volumen de algunas preocupaciones, aunque tampoco quiero tomarla al pie de la letra. Hay cosas que importan muchísimo. Hay pérdidas que duelen. Hay problemas que necesitan una respuesta, por mucha perspectiva que tengas.
Pero no todo merece la urgencia con la que lo vivimos.
Y muchas cosas valiosas merecen bastante más atención de la que les damos.
Supongo que por ahí va lo que intento aprender: a reconocer mejor unas y otras.
Quiero seguir teniendo objetivos. Quiero seguir construyendo cosas, leyendo, escribiendo y descubriendo hasta dónde puedo llegar. También quiero poder cambiar de dirección si la experiencia me enseña que aquello que deseaba desde lejos no encaja conmigo cuando lo vivo de cerca.
Sobre todo, quiero dejar de tratar el proceso como un trámite.
La página que estoy leyendo cuenta. La conversación cuenta. El esfuerzo cuenta, incluso cuando todavía no se ve en ningún resultado.
Piensa en la última vez que te sentiste realmente vivo. Quizá hubiera un logro de por medio. Quizá fuera una tarde cualquiera que ni siquiera habías planeado recordar.
Me gustaría prestar más atención a esas tardes.
Que, cuando mire atrás, haya algo más que una lista de cosas conseguidas.
Que pueda acordarme de cómo fue estar allí.
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I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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