|
|
Estoy seguro de que más de una vez te ha pasado esto: tienes algo importante delante, una propuesta de trabajo, un proyecto nuevo, una decisión sobre tu negocio, una conversación pendiente, una semana de entrenamientos que no está saliendo como esperabas o simplemente una acumulación de pequeñas mierdas del día a día que, por separado, parecen manejables, pero juntas terminan convirtiéndose en una especie de niebla mental que no te deja pensar con claridad.
No es que no sepas qué hacer. Es peor. Es que tu cabeza empieza a girar sobre sí misma, como si todas las alternativas posibles se hubieran cerrado de golpe y solo quedara una cosa: seguir dándole vueltas al mismo problema desde el mismo sitio, con el mismo cansancio, la misma ansiedad y la misma sensación de bloqueo.
Mi amigo Alberto siempre dice una frase que me encanta:
Una de esas frases que funcionan porque suenan bien, son prácticas, tienen algo de verdad intuitiva y porque todos hemos sentido alguna vez que salir a caminar nos ordena un poco por dentro. Sin embargo, hace poco encontré una explicación mucho más interesante, y probablemente mucho más útil, para entender por qué algo tan simple como caminar, respirar, moverte o cambiar de contexto puede ayudarte a salir de ese bucle mental en el que a veces te quedas atrapado.
Para llegar ahí hay que viajar primero a los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972.
Ese año, Frank Shorter ganó el oro olímpico en maratón y, aunque quizá hoy su nombre no tenga el mismo peso mediático que otros grandes atletas de la historia, su victoria fue una especie de chispa. Una grieta por la que empezó a entrar luz en un deporte que hasta entonces había vivido bastante al margen del gran público. Después de aquella carrera, el running explotó. Se convirtió en algo mucho más grande que una disciplina de fondo reservada para unos pocos locos. Empezó lo que muchos consideran el gran boom del running moderno.
Y con ese boom llegó también una pregunta inevitable:
¿Qué tienen realmente los mejores corredores del mundo?
A raíz de aquello, se reunió un grupo de científicos que, visto con perspectiva, parece casi irrepetible. David Costill, Peter Cavanagh, Kenneth Cooper, William Morgan, Michael Pollock y otros nombres fundamentales dentro de la fisiología del ejercicio y la psicología del rendimiento formaron parte de un esfuerzo enorme por entender cómo funcionaban aquellos atletas. No estamos hablando de un estudio menor, ni de una observación anecdótica hecha con cuatro corredores de fin de semana. Estamos hablando de una investigación con algunos de los mejores atletas del momento, tanto a nivel élite como amateur, en una época en la que la ciencia del rendimiento todavía estaba empezando a ordenar muchas de las preguntas que hoy damos por asumidas.
Después de cuestionarios, pruebas y entrevistas, los investigadores terminaron con una pregunta aparentemente sencilla, pero tremendamente reveladora:
La hipótesis de los científicos era bastante lógica. Pensaban que los mejores corredores utilizarían algún tipo de desconexión mental, una especie de disociación del dolor y de las sensaciones desagradables del cuerpo. Dicho en palabras simples: que serían capaces de distraerse, de apagar el ruido, de llevar la cabeza a otro lugar para no tener que convivir durante más de dos horas con el cansancio, la monotonía y el sufrimiento.
Pero ocurrió justo lo contrario.
Los corredores élite no se desconectaban del cuerpo. Se acercaban más a él.
Prestaban atención a las sensaciones de los pies, de los gemelos, de los muslos, de la respiración, del ritmo, de la tensión acumulada y de las señales internas que les permitían regular el esfuerzo. No corrían ignorando el cuerpo. Corrían leyéndolo. Mientras que muchos corredores recreativos tendían a distraerse para soportar mejor la experiencia, los mejores del mundo utilizaban una estrategia asociativa: se metían dentro de la carrera, dentro de sus sensaciones, dentro de la información que el cuerpo les estaba dando en cada momento.
Y esto me parece brutal, porque rompe una idea que todavía seguimos arrastrando.
Pensamos que la dureza mental consiste en ignorar lo que sentimos. En mirar hacia otro lado. En apretar los dientes. En fingir que el dolor, la duda, el cansancio o la incomodidad no están ahí.
Pero quizá los mejores no son mejores porque no sienten.
Quizá son mejores porque saben escuchar sin obedecer ciegamente.
Saben distinguir entre una señal y una excusa. Entre información útil y ruido mental. Entre una sensación que pide un pequeño ajuste y una historia que la cabeza está inventándose para abandonar.
Y aquí entra el segundo estudio, que no tiene nada que ver directamente con Frank Shorter ni con aquel grupo de corredores, pero que conecta con la misma pregunta de fondo: qué hace nuestra mente cuando se estrecha, cuando se bloquea, cuando deja de explorar alternativas y empieza a girar obsesivamente sobre una única amenaza.
En 2020, los neurocientíficos Noah Herz, Moshe Bar y Shira Baror propusieron una teoría muy interesante sobre los estados mentales. Según ellos, nuestro cerebro se mueve constantemente entre dos formas de procesar la realidad: una más estrecha y predictiva, y otra más amplia y abierta a la información sensorial.
La primera es lo que se conoce como procesamiento top-down. Es decir, tu cerebro utiliza la experiencia previa, las expectativas, los miedos y el contexto para anticipar lo que puede ocurrir. Este tipo de procesamiento es útil, porque te permite prepararte, enfocarte y actuar rápido. El problema es que, cuando se descontrola, también puede encerrarte en una predicción constante de amenaza. Es lo que pasa cuando estás sentado antes de dar una charla y, aunque todavía no ha ocurrido nada, tu cuerpo ya está actuando como si fueras a fracasar. La mente no está viendo la realidad. Está prediciendo un desastre.
La segunda forma es el procesamiento bottom-up, más dirigido por la información sensorial que llega desde el cuerpo y desde el entorno. En lugar de vivir únicamente desde la predicción, empiezas a recibir información nueva: lo que ves, lo que sientes, lo que escuchas, cómo respiras, cómo se mueve el cuerpo, qué está ocurriendo realmente ahora y no solo qué temes que pueda ocurrir después.
Herz, Bar y Baror propusieron que no vivimos en un extremo o en otro, sino en un continuo. Y lo más interesante es que ese estado no afecta solo a lo que percibimos, sino también a cómo pensamos, cómo actuamos, cómo nos sentimos y qué opciones somos capaces de ver.
Cuando entramos en un estado de procesamiento más predictivo, nuestra atención se contrae, nuestro pensamiento se vuelve más rígido, nuestro comportamiento se vuelve más repetitivo y nuestro ánimo tiende a caer. Nos enfocamos tanto en el árbol que dejamos de ver el bosque. Nos quedamos atrapados en lo conocido, aunque lo conocido nos esté haciendo daño. Por eso, cuando estás rumiando un problema, todo parece confirmarte la misma conclusión: que no hay salida, que no puedes, que todo va mal, que ya es tarde, que no eres suficiente, que vas a fallar otra vez.
Y cuando entramos en un estado más amplio, ocurre algo distinto. La atención se abre, el pensamiento se vuelve más flexible, el cuerpo empieza a explorar, el ánimo puede mejorar y aparecen conexiones que antes no veías. No porque el problema haya desaparecido mágicamente, sino porque tu cerebro ha dejado de funcionar como una habitación cerrada.
Esto explica por qué caminar funciona.
No porque caminar sea una solución mística. No porque diez minutos al aire libre vayan a arreglar tu negocio, tu relación, tu ansiedad, tu semana de entrenamientos o tus problemas de dinero. Sería absurdo decir eso.
Caminar funciona porque cambia el estado desde el que estás intentando resolver el problema.
Y esto es importante, porque la mayoría de personas intenta solucionar sus bucles mentales desde dentro del propio bucle. Intentan pensar mejor con la misma mente agotada. Intentan encontrar claridad en el mismo escritorio donde llevan tres horas bloqueados. Intentan tomar mejores decisiones desde un cuerpo rígido, una respiración corta y una cabeza que solo sabe predecir amenaza.
Pero cuando te levantas, sales, caminas y dejas que el cuerpo reciba información nueva, puede ocurrir algo muy simple y muy poderoso: el comportamiento arrastra al estado mental.
No siempre puedes pensar tu camino hacia una emoción distinta.
Pero muchas veces puedes llevar tu camino hacia una perspectiva distinta.
Y aquí es donde los dos estudios, aunque no estén relacionados entre sí, se tocan de una forma muy bonita. Por un lado, aquellos investigadores posteriores al boom del running descubrieron que los mejores corredores no se escapaban de sus sensaciones, sino que las usaban como información para regularse. Por otro lado, la teoría de Herz, Bar y Baror nos ayuda a entender que cuando la mente se queda atrapada en un estado estrecho, necesitamos hacer algo que la lleve hacia un estado más amplio, más sensorial, más conectado con el presente y menos secuestrado por la predicción constante del miedo.
En resumen: no se trata siempre de desconectar.
Se trata de conectar mejor.
Con el cuerpo. Con la respiración. Con el entorno. Con lo que está pasando de verdad, no con la película que tu cabeza está proyectando en bucle.
Por eso la frase de Alberto tiene tanta verdad: los monstruos odian el aire fresco porque necesitan que sigas encerrado. Necesitan que no te muevas, que no cambies de habitación, que no abras el campo de visión, que sigas mirando la misma pantalla, respirando igual de mal y creyendo que la única solución posible es pensar más fuerte.
Pero muchas veces pensar más no te hace más inteligente. Solo te hunde más en la misma zanja.
Cuando notes que tu mente se estrecha, no intentes resolverlo todo desde ahí.
Haz esto:
No es una técnica mágica. No va a arreglar tu negocio, tu relación, tu entrenamiento o tu ansiedad.
Pero puede hacer algo igual de importante:
Sacarte del túnel.
Y a veces, cuando estás dentro del túnel, ver un poco de luz ya es suficiente para dar el siguiente paso.
![]() |
I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
La educación también se entrenatiempo de lectura 7 minutos disponible en FLOWPERFORMANCE.ES| JUNIO 4, 2026 125: La educación también se... Jun 4 · tiny victories. 6:56 Ayer por la mañana casi fallo mi entrenamiento incluso antes de empezar a nadar. Y no por fatiga, ni por falta de ganas, ni por una mala noche de sueño.Sino por una señora de unos 60 años metida en el carril rápido de la piscina. Los que nadáis en piscinas públicas, aunque sean de gimnasios privados, sabéis perfectamente de qué...
Una vida con sentido(solo necesitas 4 cosas)tiempo de lectura 7 minutos disponible en FLOWPERFORMANCE.ES| JUNIO 1, 2026 124: Una vida con sentido Jun 1 · tiny victories. 6:54 Desde siempre, he pensado que es el libro quien elige el momento oportuno de que lo leas. Por eso, hay textos que no lees. Te encuentran. Aparecen justo cuando llevas semanas intentando ordenar algo que no sabes muy bien cómo explicar. Justo cuando has pasado por demasiadas idas y venidas internas. Justo cuando la vida...
Cuando hacer más deja de ser la solucióntiempo de lectura 8 minutos disponible en FLOWPERFORMANCE.ES| MAYO 29, 2026 123: Cuando hacer más deja d... May 29 · tiny victories. 8:40 Hay conversaciones que no te dan una respuesta, pero te dejan sin escapatoria. Hace unos días tuve una de esas conversaciones con una amiga. Una conversación que empezó hablando de entrenamiento, rendimiento, objetivos, negocio, presión, psicología deportiva y acabó tocando una herida que, en el fondo, ya sabía que...