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¿Alguna vez has sentido que cuanto más persigues la felicidad, más se te escapa? Bienvenido al club. El sábado pasado me acabé el libro de Pensar con claridad, de Shane Parrish y me gustó su enfoque sobre la adaptación hedónica. Quiero dedicar esta entrada a este concepto y a su libro. Nos han enseñado a buscar constantemente “lo que nos hará felices”. Cuando consiga ese trabajo. Cuando logre esa marca en la maratón. Cuando tenga ese coche. Cuando cruce la meta en el Ironman. Felicidad que siempre está a un paso más allá. Pero ¿sabes qué pasa cuando llegas? Que el “cuando” se convierte en “¿y ahora qué?”. Y así es como entras en el bucle de la insatisfacción. Te pasas años persiguiendo algo que crees que va a cambiar tu vida. Te esfuerzas, te sacrificas, te obsesionas. Y cuando lo consigues, el subidón dura cinco minutos. Después, esa meta que parecía el objetivo de tu vida se convierte en lo normal. ¿Y ahora? Vuelves a perseguir otra cosa. Y otra. Y otra más. No estoy diciendo que no disfrutes el proceso. Pero si tu objetivo es alcanzar una felicidad permanente, te aviso: no va a pasar. Porque la felicidad no es un destino. Es un momento. Una chispa que se enciende cuando menos te lo esperas. Si no lo estás, algo falla en ti. Pero eso es una jodida mentira. Nos pasamos la vida buscando ese estado perfecto de bienestar. Sin darnos cuenta de que lo realmente importante es mirar atrás y sentirse orgulloso de lo que has hecho. De cómo lo has hecho. De haberlo dado todo, aunque el resultado no fuera el esperado. El orgullo, no. El orgullo se queda. El orgullo te respalda cuando el mundo se derrumba a tus espaldas. Cuando fallas. Cuando todo va mal pero sabes que lo diste todo. ¿Sabes qué mata la felicidad? Las expectativas irreales. Nos comparamos con otros. Con lo que tienen. Con lo que logran. Con lo que muestran. Es fácil pensar que el de al lado vive mejor, corre más rápido o es más feliz. Pero lo único que haces comparándote es perder el foco. Olvidas que lo importante no es ser mejor que el resto, sino ser mejor que tú versión de ayer. El problema de perseguir la felicidad es que nunca se alcanza. Siempre hay algo más. Siempre hay un nuevo objetivo. Si tu estándar es ser feliz todo el tiempo, lo llevas claro. En cambio, el orgullo viene cuando sabes que diste la mejor versión de ti. Cuando cruzas la meta sabiendo que podrías haber abandonado. Cuando levantas la barra en el gimnasio aunque todo tu cuerpo diga que pares. Cuando dices lo que piensas sin miedo al qué dirán. Ese sentimiento no te lo quita nadie. Ni el fracaso. Ni el dolor. Ni el error. Marco Aurelio lo dejó claro: “Si alguna cosa exterior te contrista, no es ella la que te conturba, sino el juicio que te formas acerca de la misma.” No es el hecho de no ser feliz lo que te destruye, sino tu percepción de que deberías serlo. “Recordar que vas a morir es la mejor manera de evitar caer en la trampa de pensar que tienes algo que perder.” La felicidad no es lo que cuenta cuando miras atrás. Lo que cuenta es si viviste con coraje. Si dejaste de preocuparte por lo que no puedes controlar. Si hiciste lo que sabías que era lo correcto, aunque no fuera lo más cómodo. Así que deja de perseguir algo que nunca podrás mantener. Deja de obsesionarte con ese estado perfecto en el que todo está bien. Porque ese estado no existe. Algo que de verdad importe. Apunta a estar orgulloso de tu esfuerzo, de tu lucha, de tu constancia. Porque al final, lo que más pesa no es no haber sido feliz todo el tiempo, sino mirar atrás y darte cuenta de que no lo diste todo. Que cuando la vida te puso contra las cuerdas, no hiciste nada para cambiarlo. Que dejaste de intentarlo por miedo a fallar. Olvídate de querer ser feliz todo el tiempo. Y céntrate en vivir con intensidad. Haz cosas que te hagan sentir vivo, aunque duelan. Aunque fracases. Aunque nadie lo entienda. la felicidad será un recuerdo fugaz. Pero el orgullo de haberlo intentado, ese, amigo mío, se queda para siempre. Elige sentirte orgulloso. Elige vivir de verdad.
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