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El sábado, volviendo de Andorra solo en el coche, me di cuenta de algo que —aunque llevo años diciendo—, solo entiendes de verdad cuando bajas un poco el ruido: todo pasa por tu identidad. No por objetivos. No por motivación. Por tu identidad. James Clear lo explica mejor que nadie: no escribes un libro porque te obligas a escribir una hora al día. Eso es el final de la historia, no el principio. El principio es otro: soy escritor. Y porque soy escritor, actúo como tal. Y porque actúo como tal, un día hay un libro escrito. Las cosas importantes siempre ocurren dos veces. Primero en tu cabeza. Luego en la realidad. Lo demás —el esfuerzo, la disciplina, la preparación— sucede en el plano terrenal. Pero sin la primera parte, no hay nada que sostener. Y esto no tiene nada que ver con ese positivismo barato de si quieres, puedes en el que vive la sociedad moderna. No todo el mundo puede. No todo el mundo parte del mismo sitio. No todo el mundo tiene las mismas cartas. Y fingir que sí, es una falta de respeto. Mientras conducía pensaba en mi vida a día de hoy y de dónde vengo. Iba en el coche de mi padre porque con el mío hubiera sido imposible. Mi primer coche me lo regaló mi madre quedándose ella sin él, para que yo pudiera ir a la universidad. Una universidad en la que mis padres se dejaron más de 50.000 euros para que yo tuviera la mejor formación posible. Sin contar toda mi niñez, por supuesto. La bici que llega esta semana es la bici de mis sueños. La he pagado yo, sí. Pero mi padre me ayudó con el primer empujón. Llevo Tiny Victories tatuado en el antebrazo. Porque el reloj que llevo, fue de las primeras cosas que me autoregalé. Porque durante cuatro años ha marcado mi ritmo, mi compás y mi dirección. También me compré un Rolex falso. A propósito. Para no olvidarme nunca de lo que cuestan las cosas. Para no adelantarme mentalmente a un sitio al que todavía no pertenezco. Humildad no es ir más lento. Es saber dónde estás de verdad. Vivimos en la era de la inmediatez absoluta. Todo a golpe de click. Queremos las cosas para antes de ayer. Y creo que por eso tanta gente está perdida. Sin un porqué no hay respeto propio. Sin propósito, cualquier incomodidad parece injusta. Con propósito, el sufrimiento deja de ser castigo y se convierte en preparación. Tu propósito reside en la intersección entre quién eres, quién dices ser y quién eres realmente. Por eso hago Ironmans. Por eso emprendo. Por eso me complico la vida. No porque me crea especial. Sino porque sé lo dura e injusta que es la vida. Y porque sé lo afortunado que he sido. Nadie elige dónde nace. Ni con qué padres. Ni en qué contexto. Ni en qué época. Pero con lo que te toca, tienes la responsabilidad de decidir qué haces con ello. Yo elijo de manera consciente someterme diariamente a situaciones incómodas para que nunca se me olvide. Entrenar cuando no apetece. Sostener procesos largos. Fracasar en público. Aguantar en silencio. Caminar solo. Para que cuando la vida —que lo hará— me ponga patas arriba, me pille preparado. Y aquí es donde todo conecta con una de las ideas de uno de mis filósofos favoritos: El eterno retorno de Friedrich Nietzsche.
¿Podrías repetir esta vida tal y como la estás viviendo ahora?
Imagínate que tuvieras que vivir esta misma vida —exactamente igual— una y otra vez, para siempre. Las mismas decisiones. Las mismas excusas. Las mismas renuncias. Las mismas medias tintas.
Sin poder corregir nada. ¿Lo soportarías? El pingüino del que todo el mundo habla, es de una escena del documental de Werner Herzog —Encounters at the End of the World— que se grabó en 2007. Ese pingüino que se separa de la colonia y camina hacia las montañas, no está perdido. Está obedeciendo a algo interno, aunque le cueste la vida. Y Cooper, el personaje de Matthew McConaughey en Interstellar (una de mis películas favoritas), se aleja de su hija no porque quiera… sino porque quedarse significaría traicionar sus principios. Significaría traicionar su propósito.
Estas 3 historias hablan de lo mismo. Hay un punto en el que seguir igual es más peligroso que irte. Un punto en el que la comodidad empieza a pudrirte por dentro. Por eso el verdadero trabajo no es encontrar motivación. Es construir una identidad que puedas sostener. Y la pregunta que debemos hacernos no es si algo nos hace feliz, es otra mucho más incómoda. ¿Podría vivir así una y otra vez? Encuentra tu porqué. Tardes lo que tardes. Aunque duela. Aunque te equivoques. Aunque tengas que caminar solo durante un tiempo. Porque ahí —y solo ahí— empiezan las pequeñas victorias que de verdad importan. Mi segundo libro ya en preventa
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