El caminante sobre el mar de nubes


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Jan 22 · tiny victories.
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Te va a parecer una tontería, pero cuando haces cosas, pasan cosas.

La parálisis por análisis o el síndrome del impostor, se solventan con muchas pequeñas dosis de hacer cosas.

De tomar acción.

Y cuando vas avanzando y acumulando progresos, cagadas, errores, aprendizajes y en definitiva, pequeñas victorias,

llega un momento jodido en la vida que casi nadie te explica.

Y no es que la vida venga con un manual de instrucciones que vas desbloqueando poco a poco, pero creo que ya la voy entendiendo,

aunque suene demasiado aventurado por mi parte afirmar algo así.

No es cuando empiezas.

No es cuando fracasas.

Ese momento ocurre cuando ya has hecho cosas, has avanzado, has dejado atrás versiones antiguas…

y aun así, no ves claro qué viene después. Es un bucle por el que ya has pasado antes, pero cada vez el escenario es completamente diferente.

No estás perdido. Ya has estado ahí antes.

Y eso da más miedo que empezar desde cero.

Hay un cuadro que transmite muy bien esa sensación: El caminante sobre el mar de nubes, de Caspar David Friedrich.

Un hombre solo, de espaldas, en lo alto de una roca, contemplando un paisaje poco alentador hasta donde los ojos alcanzan a ver.

Una niebla densa como esa etapa de tu vida en la que ya no puedes volver a ser quien eras,

pero todavía no sabes quién vas a ser.

No hay camino.

No hay instrucciones.

No hay promesas.

Y eso es exactamente donde estás tú ahora.


Has alcanzado una cima que creíste imposible de alcanzar hace tiempo.

Has currado.

Has cambiado cosas.

Has dejado atrás otras.

Exhausto, apenas coges aire y alzas la mirada para contemplar las vistas.

No son quizá lo que esperabas, sin embargo ahí estás, magullado pero orgulloso de todo el camino recorrido.

Toca seguir moviendo fichas en el tablero de ajedrez y no consigues encontrar una bajada segura que te lleve hasta la siguiente cima.

¿Y ahora por dónde?


Nos han enseñado a movernos solo cuando hay garantías y eso responde a un nivel de supervivencia básico que no te prepara lo que vas a encontrarte ahí fuera.

Porque la vida real no funciona con mapas.

Funciona con pasos firmes pero cargados de dudas, con decisiones incómodas y con errores que no estaban en el guión.

Aquí es donde está la trampa.

No avanzas porque no sepas qué hacer, avanzas menos porque te repites que todavía no eres “ese tipo de persona”, que te falta algo para dar el paso,
más claridad, más seguridad, más pruebas de que no te vas a equivocar.


Y sin darte cuenta, empiezas a agarrarte a ideas que suenan responsables, pero que en realidad solo te mantienen inmóvil:

que estás aprendiendo, que ahora no es el momento, que necesitas tener más claridad.

Es el miedo vestido de prudencia.

Moverte implicaría dejar atrás una versión de ti que, aunque ya te quede pequeña, te resulta conocida.

Y lo conocido tranquiliza, incluso cuando no te hace bien.

Por eso te paras, por eso postergas, por eso lo piensas todo mil veces antes de hacer nada.


No porque estés perdido.

Sino porque sabes que avanzar te va a obligar a seguir en movimiento.


El caminante del cuadro no está paralizado, pero tampoco se lanza hacia delante.

Está ahí, observando, respirando la incertidumbre sin huir de ella.

No se gira, no vuelve al valle, no regresa corriendo a lo conocido sólo para dejar de sentir vértigo.

Se queda justo en ese punto incómodo donde no hay certezas.

Y ahí aparece una verdad que cuesta aceptar: no te mueves cuando el camino está claro, el camino se vuelve claro porque te mueves.

La mayoría de la gente se queda esperando a que la niebla se disipe, a que aparezca una señal inequívoca, a que alguien les ilumine con el próximo paso, que ya pueden avanzar sin riesgo.

Avanzar no es un acto heroico ni una explosión de motivación repentina.

Es algo mucho más incómodo y mucho más silencioso:

confiar en ti cuando no hay mapa, cuando no lo ves todo y cuando no puedes controlarlo todo.

Confiar en que, si has llegado hasta ahí, también sabrás dar el siguiente paso cuando toque, aunque no sea perfecto y aunque no te haga sentir seguro.


No necesitas entenderlo todo ahora.

No necesitas dar un paso muy grande.

Solo necesitas seguir avanzando, aunque eso signifique dar un paso atrás para coger algo de carrerilla.


Tranquilo, estás justo donde tienes que estar.

Si te mueves, incluso con miedo, la niebla empieza a abrirse. Despacio, paso a paso, como en tantas otras ocasiones.


Y en el fondo, ya lo sabes.

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