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Son las 3:30 a.m. de un 10 de enero. No puedo dormir y estoy dando vueltas en la cama pensando en lo que me toca hacer mañana. Me quedé sin mi primer dorsal del año para la 10K de Valencia y he decidido improvisar una carrera popular, pero a solas y corriendo por donde tantos kilómetros han acumulado mis piernas entrenando en estos últimos años. De tantas vueltas que llevo dando en la cama sin pegar ojo, creo que podría haber registrado un entreno en Strava. He empezado a escribir esta entrada, porque echando la vista atrás, llevo ya más de 10 años compartiendo lo que hago a través de las redes sociales. Recuerdo mi primer curro. Me levantaba a las 5 a.m. todos los días de lunes a viernes para prepararme los tuppers, abría el gimnasio a las 7 a.m. y salía de allí a las 23 p.m. Hubo un viernes, pasados ya unos meses con ese horario infernal, que me dio por primera vez en semanas, por sentarme a solas y pensar en mi vida. El silencio lo interrumpió una pregunta sin pedir permiso: ¿de verdad esta es mi vida? Llevo meses viviendo el mismo día en bucle. He hecho todo como se suponía que había que hacerlo: buenas notas, universidad, prácticas, trabajo, dos carreras, un camino hacia el éxito. No había espacio para equivocarme. Era apostar sobre seguro. Supongo que no habré sido el único. Bienvenido a la rutina de la vida. Te despiertas, trabajas, consumes, te distraes el fin de semana y vuelves a empezar. Para muchos eso es suficiente. Para otros no. Porque hay personas para las que vivir una vida segura no es una opción, es una jaula. Y lo sabes, aunque intentes ignorarlo. La zona de confort funciona así: no te empuja, te adormece. No te prohíbe nada, simplemente te convence de que mañana es mejor momento. Cuanto más tiempo pasas dentro, más pequeña se vuelve. Lo ves en el gimnasio, en el trabajo, en cualquier proyecto personal. Te saltas un día, luego dos, y cuando quieres volver ese primer paso pesa el triple. No porque sea más difícil, sino porque nadie te está mirando. Lo incómodo llega cuando te das cuenta de que la mayoría no falla por falta de ambición, falla por falta de fricción externa. Porque cuando todo depende solo de ti, siempre encuentras una excusa razonable para no hacerlo hoy. Nadie te juzga. Nadie te pregunta. Nadie espera nada de ti. Y eso, aunque suene cómodo, te consume por dentro. La lección es simple. Arriesgarse no es solo salir de la zona de confort. Es ampliarla y exponerse. Es decir en voz alta lo que quieres hacer y permitir que otra persona sepa si cumples o no. El miedo real no es fallar, es quedar mal. Es que alguien vea que no hiciste lo que dijiste que ibas a hacer. Por eso funciona. Porque el ego, bien usado, juega a tu favor. Esto también se aplica a tus metas, a tus entrenamientos, a ese proyecto que llevas meses rumiando. Cuando compartes tu objetivo con alguien, cuando rindes cuentas, el juego cambia. Ya no compites solo contra tu pereza, compites contra tu palabra. Y la palabra, cuando importa, pesa. Mucho. Por eso casi nadie lo hace. Porque es más fácil soñar en silencio que comprometerse en público. Pero si de verdad quieres avanzar, si de verdad quieres arriesgarte, empieza por ahí. Dile a alguien lo que vas a hacer. Pon fecha. Pon condiciones. Y acepta que te pregunten cómo vas. No es presión externa. Es respeto por ti mismo. Y sí, vas a tener miedo. Vas a dudar. Vas a fallar alguna vez. Pero no hay mayor riesgo que seguir escondiéndote detrás de la comodidad de no deberle explicaciones a nadie. Porque al final, el primer paso no es trabajar más duro. Es dejar de autoengañarte en secreto. Si llevas tiempo diciendo que quieres cambiar algo —tu cuerpo, tu rendimiento, tu forma de vivir— entonces deja de pensarlo solo y compártelo con alguien. Compártelo conmigo si quieres. Ese gesto pequeño, incómodo, casi ridículo, es muchas veces la diferencia entre quedarte donde estás o empezar de verdad. Me voy a dormir ya, que verás tú mañana la que me espera.
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