Hay una frase que me persigue desde hace tiempo: confía solo en el movimiento. No en lo que dices que quieres. No en todos esos propósitos que apuntas en tu libreta. No en lo que piensas sobre ti. En lo que haces. Alfred Adler decía que todo comportamiento está orientado a un objetivo. Todo. Incluso el que te está jodiendo la vida. Quiero compartirte la lección que saqué de estudiar su manera de entender la vida. Si no estás donde dices que quieres estar, no es porque no puedas. Es porque, en el fondo, no quieres estar ahí. Tus palabras no están alineadas con tus actos. O como he dicho en más de una ocasión, quieres tener derecho a pero no asumes la responsabilidad de. Porque querer de verdad implica pagar un precio. Y muchas veces, el precio es demasiado alto para la identidad que estás protegiendo. Te dices que quieres escribir, pero no lo publicas. Te dices que quieres pintar, pero no lo enseñas. Te dices que quieres entrenar en serio, pero acabas siempre dejándolo para mañana. Y te castigas llamándolo falta de disciplina, pereza o mala suerte. Mentira. Lo que estás haciendo es perseguir otro objetivo, mucho más silencioso: seguridad, validación, una coartada elegante para no fallar en público. Tirarte en el sofá es el mejor anestésico al que puedes acudir. Convirtiéndolo en una sala de espera para una vida que no te atreves a empezar. Y mientras fagocitas y rumias todos esos pensamientos cargados de lidocaína, empiezas a creer que ya no hay movimientos posibles. Hay un cuadro atribuido a Friedrich Moritz donde el diablo juega al ajedrez con un hombre. El hombre parece derrotado, mientras que el diablo sonríe. Jaque mate. La frase asociada al cuadro es brutal: el mayor truco del diablo no fue convencerte de que no existe, sino hacerte creer que ya no tienes movimientos. Da igual el talento que tengas. Dan igual todos tus movimientos previos. No hay salida. En la vida, mientras respiras, siempre hay al menos un próximo movimiento. El diablo —llámalo miedo, pasado, vergüenza, ego o trauma— no necesita destruirte. Solo necesita convencerte de que ya es tarde. De que llegaste tarde. De que no tienes derecho a volver a intentarlo. El que solo ocurre en tu cabeza. Porque cuando crees que no hay movimientos, dejas de jugar. Y cuando no juegas, te conviertes en una pieza muerta esperando a que otros decidan por ti. La mayoría de las veces, el siguiente movimiento es pequeño. Incómodo. Humillante, incluso. Decir la verdad. Pedir ayuda. Cerrar una puerta. Aceptar que empezaste con mal pie y volver a empezar. Y mientras te muevas, no hay jaque mate. Aquí es donde entra una idea japonesa que se la escuché por primera vez a Simon Sinek: wabi-sabi. Un proverbio japonés que hace referencia a la belleza de lo imperfecto. De lo inacabado. De lo torcido. La cerámica japonesa no es perfecta. Y por eso adquiere ese nivel de admiración. Porque es humana. Y justo ahí está su valor. Siempre nos dijeron que primero teníamos que aclarar nuestras ideas sobre quién queríamos ser de mayores o el trabajo que queríamos desempeñar. Que cuando estuviéramos listos —más fuertes, más seguros, más nosotros— entonces ya sí podríamos salir a comernos el mundo. La realidad, a mí parecer, es bien distinta. Y no estás donde dices que quieres estar porque, hoy por hoy, no quieres pagar el precio de estar ahí. El cambio real no empieza fijando nuevas metas. Empieza cambiando el objetivo que gobierna tus decisiones. Si has leído esto y te has sentido incómodo, bien. Es señal de que algo sigue vivo ahí dentro. Y si sabes que llevas tiempo sin mover ficha, entonces hazlo simple: Empieza el día haciéndote la cama. Yo llevo haciéndomela desde que arrancó el 2026 y cada día la hago con más mimo y detalle. Cada día le pongo más intención. Y creo que eso es todo lo que la vida te pide. |
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