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Hay una traición que no deja huella visible, pero pesa más que cualquier otra: no cumplir con tu palabra. Prometerte que vas a cambiar y no hacerlo. Decirte “mañana empiezo”, y volver a fallarte. Esas pequeñas fugas de palabra erosionan tu autoestima mucho más que cualquier error en el entrenamiento. Y urga donde más duele: la credibilidad en ti mismo. La mayoría no abandona porque no pueda, sino porque se cansa de decepcionarse una y otra vez. Porque llega un punto en el que ya no se creen ni al que ven en el espejo. Y no hay cuerpo que funcione cuando la mente desconfía del que manda. Cada vez que fallas a tu palabra, refuerzas el mensaje: “No puedo. No valgo. No sirvo para esto.” Hasta que ese diálogo se convierte en identidad. Y lo peor es que ni lo notas: simplemente dejas de intentarlo. Yo también pasé por ahí. Durante años me prometía que el lunes cambiaría: comería mejor, entrenaría con más cabeza, dormiría más. El lunes llegaba. Cumplía un día. A veces dos. Y luego volvía al punto de partida. Hasta que entendí algo tan simple como brutal: no fallaba por falta de disciplina, fallaba por exceso de negociación. Cada vez que me daba una opción (“¿entreno hoy o descanso?”), perdía. No por el descanso, sino porque ponía en duda mi palabra. El cambio llegó el día que dejé de decidir a diario y empecé a actuar por sistema. Como cuando te lavas los dientes o como cuando vas a currar. Entrenar dejó de ser una opción: se volvió parte de quién soy. Por eso en FLOW no te pedimos que seas perfecto. Te pedimos que seas coherente. Porque la confianza en uno mismo no se construye con frases motivacionales, sino con promesas pequeñas cumplidas cada día. Cuando cumples con tu palabra, te conviertes en alguien fiable. Y cuando eres fiable, todo lo demás empieza a ordenarse: tu cuerpo, tu mente, tu entorno. No cumplir duele. Pero no hay dolor más grande que el de no reconocerte. El día que vuelves a confiar en ti, todo cambia. No porque los entrenamientos sean más fáciles, sino porque ya no necesitas convencerte cada vez. Cumplir contigo no es un acto de motivación. Es el principio de respeto y amor propio más grande que existe. Y ese respeto —créeme— se entrena. Ahí es donde entramos nosotros. |
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