El precio de tener razón


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073: El poder de tener razón
Nov 2 · tiny victories.
4:22
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Hay una frase que me encanta:

“Before you win, everyone will ask why you’re working so hard. And after you win, everyone will remind you how lucky you got.”


Se la escuché decir a Chris Williamson en uno de sus podcast con Alex Hormozi.

Viene a decir algo así como que antes de que consigas lo que te propongas, todo el mundo te preguntará porqué trabajas tan duro,

para después, una vez lo consigas, te repliquen que simplemente tuviste suerte.

Lo curioso es que nadie habla de lo que pasa entre esos dos momentos.

Del ruido.

De las dudas.

De la gente opinando desde la grada sin haber pisado nunca el terreno de juego.

Porque cuando decides apostar de verdad por algo —una meta, un sueño, una versión de ti que todavía no existe—, te conviertes en un blanco fácil.

No por lo que haces, sino por lo que representas:

el recordatorio incómodo de lo que otros no se atreven a hacer.

Y en ese camino, te encontrarás con muchos comedoritos, descendencia directa de los copaturbo.

Hace unas semanas leí una historia que se me quedó grabada de la mano del escritor Sahill Bloom:

Un día, un burro y un tigre discutían sobre el color del pasto.
“El pasto es azul”, decía el burro.
“El pasto es verde”, respondía el tigre.
La discusión se volvió tan absurda que fueron ante el león, rey de la selva, para resolverla.
“Majestad —gritó el burro—, ¿no es cierto que el pasto es azul?”
“Sí”, respondió el león.
El burro saltó de alegría.
“¡El tigre no me cree! ¡Debe ser castigado!”
El león asintió: “El tigre será castigado con un año de silencio.”
El burro se fue feliz, gritando por toda la selva:
“¡El pasto es azul, el pasto es azul!”
El tigre, confundido, se acercó al león y le preguntó:
“Su majestad, ¿por qué me castigas si el pasto es verde?”
El león respondió:
“Sí, claro que el pasto es verde.
Pero alguien tan sabio como tú no debería perder tiempo intentando convencer a un burro.”

La moraleja es simple, pero brutal:

no todo el mundo merece tu energía.

Cuesta entenderlo. Sobre todo cuando vienes de un lugar donde cada cosa la has ganado a base de tener que demostrar algo.

Demostrar que puedes.

Demostrar que vales.

Demostrar que no te estás inventando tus sueños.

Pero hay un punto en el que aprender a no responder es más poderoso que tener razón.

No porque te falte carácter, sino porque por fin entiendes que hay batallas que no te construyen, solo te desgastan.

Hay gente que no quiere entenderte, solo tener la última palabra.

Hay quienes confunden opinión con verdad, y ruido con razón.

Y si caes en su juego, terminas siendo como el tigre: callado, agotado, frustrado, con la energía donde no sirve de nada.

A veces la verdadera fortaleza no está en resistir más, sino en elegir mejor por lo que merece luchar.

No todas las discusiones son un ataque.

Pero muchas son trampas disfrazadas de un diálogo de besugos.

Y cuando tu vida gira en torno a un propósito, el precio de la paz es alto:

se paga con silencios.

Silencios hacia los que te juzgan sin entender tu camino.

Silencios hacia los que no creen en ti hasta que lo haces.

Silencios hacia los que piensan que el pasto es azul y que tu esfuerzo es exagerado.

Y está bien.

Porque mientras ellos discuten el color de la hierba, tú sigues avanzando.

Mientras ellos analizan tu suerte, tú sigues trabajando.

Y mientras ellos celebran tener razón, tú construyes resultados.

Con los años aprendes que no hay mayor victoria que esa:

guardar silencio cuando podrías gritar,

y seguir trabajando cuando podrías justificarte.


Porque al final, cuando ganes —y lo harás—,

no necesitarás explicar nada.

El ruido se apaga solo.

Y los que antes dudaban, ahora lo llamarán suerte.

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