El éxito y el fracaso no son conceptos absolutos. Son un reflejo directo del lugar donde decides poner tus estándares… y de la responsabilidad emocional con la que eres capaz de sostener las consecuencias de perseguirlos. He llegado a una conclusión: Fracasar también es una victoria. Pero no me malinterpretes —no estoy romantizando la derrota. Estoy hablando de algo mucho más jodido: de poner tus estándares muy arriba, no llegar… y tener el coraje de no esconderte. De no reescribir el relato. De no buscar excusas. De mirar a los ojos al fracaso y decir: “Sí, no lo logré. Y no pasa nada. Voy a volver a intentarlo.” Porque ese momento —cuando no logras lo que querías y, aun así, no te traicionas ni te abandonas— ese momento también es una puta victoria. Una pequeña, silenciosa, poderosa victoria. Una tiny victory que no sale en Instagram. Que nadie aplaude. Pero que te cambia por dentro. En una conversación con mi mejor amigo, hablábamos del binomio éxito/fracaso. Y le dije algo que no había verbalizado nunca, pero llevaba años sintiendo: “Todo depende de dónde pongas tus estándares.
Y de cuánta ambición tengas para alcanzarlos.
Si pongo el listón en un punto determinado, y no llego, he fracasado.
Pero si di absolutamente todo lo que estaba en mi mano, ese fracaso es digno.
Es un fracaso valiente.
Porque aunque duela, me hace más fuerte.”
Lo que no me hace más fuerte es mentirme. O esconderme. O no abrirme con nadie por miedo a no poder gestionar lo que siento si las cosas no salen como esperaba. Del entrenamiento. De la disciplina. Del Ironman. Era mi pasión… pero también era mi refugio. Una forma muy aceptada socialmente de evitar mirar hacia dentro. De evitar conectar con el mundo, con otras personas, con el miedo al rechazo, al dolor, a que me fallaran. Es más fácil sufrir por no alcanzar un objetivo deportivo que por exponerte emocionalmente a alguien y que no te quiera como tú quieres. Hasta que un día, me rompí. Y escribí esto: “He sufrido tanto en el pasado, que había desarrollado un caparazón que no me dejaba ver la realidad.
Sí, hacer lo que hago es mi pasión, pero también es mi vía de escape.
Mi forma de huir para que no vuelvan a hacerme daño.
Siempre pensé que mi madre era demasiado intensa y que así no se podía querer a nadie.
Qué equivocado estaba.”
Me rompí. Pero al romperme, entendí que esa armadura también me estaba impidiendo sentir. Y que si quería crecer de verdad —no como atleta, sino como hombre— tenía que dejar de huir. Tenía que dejar de refugiarme sólo en la disciplina. Y empezar a entrenar otra cosa: mi capacidad de mirar al dolor a los ojos, sin que eso me rompa por dentro. Quizás fracasar sea parte del camino. Quizás amar también implique fracasar. Quizás todo esto sea simplemente una forma más de entrenar. Y, sin embargo, vuelves al día siguiente. Como cuando te expones emocionalmente… y te vas a casa sin respuesta. Pero sigues creyendo. Sigues sintiendo. Sigues intentando hacerlo mejor. Eso también es una victoria. Aunque duela. Aunque nadie lo vea. Aunque no salga en Strava. Eso también cuenta. Y cuenta más de lo que crees. Mis 3 tiny victories
Mi pregunta incómoda¿De qué estás huyendo? |
I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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