La fina línea entre el trabajo duro y las expectativas


(he tenido problemas con spotify para poder subir el episodio y he tenido que migrar el servidor, aún están actualizando)

Hace mucho tiempo que pienso que la palabra detalle está demasiado infravalorada.

Me da mucho coraje que la utilicemos con desprecio e indiferencia para describir algo que seguramente,

acabe teniendo más peso e importancia a largo plazo.

Siempre he creído que si trabajas lo suficiente, las cosas acaban saliendo.

Que el esfuerzo, tarde o temprano, tiene una forma de devolverte lo que le has dado.

Y en parte es verdad… pero solo en parte.


Hay una línea muy fina —aunque a veces parezca una muralla— entre el trabajo duro y la gestión de las expectativas.

Esa línea que separa lo que puedes controlar de lo que no.

Lo que depende de ti de lo que simplemente ocurre.


Ahora mismo, a un mes del Ironman de Cozumel, la tengo más presente que nunca.

Todo el mundo me dice que tengo el nivel, que estoy en mi mejor forma, que el circuito es perfecto para mí, que sí o sí voy a clasificarme para Kona.

Y sí, en teoría, los números lo dicen.

Pero la realidad es otra cosa.


Porque por mucho que entrenes, por mucho que planifiques cada detalle, siempre hay factores que no dependen de ti.

Como me pasó en Niza, donde pinché dos veces y vi cómo un año entero de trabajo se escapaba sin poder hacer nada.

Y eso duele.

No solo por el resultado, sino por la impotencia de haberlo hecho todo bien y que aun así no sea suficiente.


Esa sensación me acompaña desde pequeño.

Recuerdo un partido muy importante, contra el Madrid.

Había movido cielo y tierra para que vinieran todos: mis amigos, mi familia, todo el mundo.

Era mi día.

Y sin embargo, fue un desastre.

Estaba tan nervioso, tan obsesionado con hacerlo perfecto, que no pude ni disfrutarlo.

Jugué mal, me cambiaron al descanso, y perdimos 5-0.

Por mi culpa, o al menos eso sentí.

Y me pasé la semana entera odiándome por no haber estado a la altura de mis propias expectativas.


He tardado años en entender que el problema no era la falta de trabajo.

Era la falta de aceptación.


He aprendido que puedes presentarte con el trabajo hecho, con cada detalle cuidado,

con todo tu corazón en lo que haces… y aun así, las cosas no saldrán siempre como esperas.

Y eso no significa que hayas fracasado.

Significa que has entendido que el resultado no es la medida real del valor.


Lo que sí depende de ti es cómo caminas hacia ese día.

Cómo entrenas cuando nadie te ve.

Cómo te hablas cuando las cosas no salen.

Cómo aprendes a disfrutar de los pequeños detalles que antes dabas por insignificantes.


Chris Williamson lo decía perfectamente: somos pésimos contables de nuestra propia alegría.

Solo registramos los grandes hitos —la boda, el contrato millonario, la clasificación a un mundial—,

y tratamos las pequeñas alegrías como si se tratara de una moneda de escaso valor.

Pero la vida está hecha justo de eso: de las pequeñas victorias.

De ese café para dos.

De ese café en calma antes de entrenar.

Del mensaje de un amigo.

De una mañana sin dolor y con salud.

De poder decir: hoy lo he dado todo.


Quizá el verdadero éxito esté en aprender a cosechar alegría en los parches más pequeños de la vida.

En entender que no hace falta que todo salga bien para sentirte bien contigo mismo.

Que el camino —con sus errores, sus nervios, sus imprevistos— ya te está convirtiendo en alguien mejor.


Si algo he aprendido en todo este proceso es que el trabajo duro no garantiza el resultado, pero sí te garantiza algo más importante:

la paz de saber que lo diste todo.

Y eso, al final, es lo único que realmente puedes controlar.


Así que sí, sigo soñando con Kona.

Pero esta vez no voy a dejar que el sueño eclipse el camino.

Porque quizá la línea entre el trabajo duro y las expectativas no haya que cruzarla nunca.

Quizá haya que aprender a vivir justo por encima de ella.

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