No me gusta entrenar a primera hora de la mañana. No me gusta el frío. Y últimamente se me da bastante bien postponer la alarma y seguir dando vueltas entre las sábanas. Creo que hay algo muy jodido en esa fina línea entre la procrastinación y el talibanismo. Entre “no me apetece hacerlo” y “si no lo hago soy un fraude”. La conozco bien. La he vivido en mis carnes muchas veces, y la sigo viviendo cada semana, incluso ahora, preparando el último baile en el Ironman de Cozumel. Hay días en los que el cuerpo no va. Otros en los que la cabeza no acompaña. Y muchos en los que no es flojera, sino más bien un cóctel de fatiga mental, emocional y existencial, me atrevería a decir. Pero el algoritmo de la autoexigencia no entiende de eso. Te susurra que si hoy fallas, mañana serás un mediocre. Que si no cumples lo que pone en TrainingPeaks, no eres digno de llamarte atleta. preguntándote si lo que estás haciendo es descansar… o tirar la toalla. Jan Frodeno —uno de los mejores triatletas de la historia— escribió algo que me hizo reflexionar sobre este tema: Decía que durante años retrasaba sus sesiones hasta el último momento del día. No porque quisiera hacerlo al atardecer, sino porque tenía miedo. Miedo de descubrir que no era tan bueno como creía. Miedo a enfrentarse al entrenamiento y fallar. Y pensé: cuántas veces yo he hecho lo mismo. Cuántas veces he revisado mil veces el plan, los vatios que tocaba mover, las pulsaciones... solo para encontrar la excusa de no empezar. Porque una vez empiezas… ya no hay excusas. Ya no puedes esconderte. Lo curioso es que cuando por fin lo haces, casi siempre sale bien. O al menos, no tan mal como imaginabas. Y ahí está la paradoja: procrastinamos no porque seamos vagos, sino porque tenemos miedo de mirar de frente nuestras limitaciones. A veces, la procrastinación no es falta de disciplina. Es exceso de miedo. Y el talibanismo —ese impulso de hacerlo todo aunque te estés rompiendo— tampoco es una virtud. Es miedo disfrazado de compromiso. Miedo a decepcionarte. A no estar a la altura de tus propias expectativas. Pero el entrenamiento —y la vida— no van de ganar o de hacerlo todo perfecto y cuando toca. Van de saber cuándo dar un paso atrás, y cuándo apretar los dientes. Van de escucharte con honestidad y seguir avanzando. He aprendido que hay una diferencia brutal entre posponer por cobardía y decidir esperar por un toque de sabiduría. Una viene del miedo. La otra, del respeto. Así que si hoy no te sale entrenar, si sientes que el cuerpo o la mente están vacíos, no te castigues. Pero tampoco te mientas. Hazte la pregunta de verdad: ¿Estoy evitando el dolor de hacerlo, o escuchando la necesidad de parar? Y responde sin postureo y sin titubeos, no me jodas. Porque la madurez, tanto en el deporte como en la vida, reside en asumir la responsabilidad de tus actos. No todo lo que postpones es debilidad. |
I am a coach, athlete, educator, and content creator. Through my newsletter “Tiny Victories,” I explore the art of adding up small daily victories as a path to becoming a better version of oneself. I am the author of The Art of Obsession and Tiny Victories, and founder of FLOW Performance, an online coaching service that transforms lives through the intelligent combination of strength and endurance, not only through training, but also through identity and purpose. Nowadays, I compete in the Ironman circuit as an amateur athlete.
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