Necesitas recuperar tu instinto


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Dec 11 · tiny victories.
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La comunidad es el entorno invisible que mayor capacidad tiene de moldearte.

No se trata solo de fuerza de voluntad.

Como decía Séneca, “no tenemos poco tiempo, sino que lo malgastamos.”

Y una de las formas más frecuentes de perderlo es con personas equivocadas.

Por eso la clave está en elegir conscientemente a tus referentes, a tu “consejo personal de dirección”, como lo llama Shane Parrish.

Porque, quieras o no, te convertirás en reflejo de aquellos con quienes compartes más tiempo.

Y quiero ahondar un poco en esta idea, porque sin duda alguna, es de las que más me han cambiado la vida, literalmente.

Shane Parrish dice que todos deberíamos tener un “consejo personal de dirección”.

No un grupo de amigos, ni un equipo de trabajo, ni una red de contactos.

Un grupo de personas —vivas o muertas, reales o simbólicas— cuyas decisiones y principios sirvan como brújula cuando te pierdes.

En el mundo empresarial, las grandes compañías tienen juntas de dirección para evaluar riesgos,

proponer estrategias y proteger la visión y misión de la empresa.

Pero nadie nos enseña a tener algo parecido para nuestra vida.

Y eso explica muchas cosas.

La mayoría de las personas vivimos rodeadas de ruido y multitud de opiniones, pero solas a la hora de tomar nuestras propias decisiones.

Consultamos al azar, nos dejamos llevar por el último consejo viral,

o buscamos aprobación en quienes nunca han transitado el camino que nosotros queremos recorrer.

El resultado es predecible: confusión, frustración, pérdida de rumbo.

Un consejo personal de dirección es lo contrario.

Es un entorno intencionado.

Tú eliges a quién invitas a esa mesa.

Y cada silla representa una voz que te hace mejor persona y profesional.

Elige bien quién se sienta en tu mesa

Hay tres tipos de personas que deberías tener en ese consejo:

  1. Los que elevan tus estándares.

    Personas que encarnan la excelencia en lo que tú valoras.
    No necesariamente los más exitosos, sino los más íntegros, los que hacen bien las cosas aunque nadie los vea.
    Son tus referentes de calidad moral y profesional. Su sola existencia te obliga a rendir mejor.

  2. Los que te desafían con honestidad.

    Gente que no teme decirte la verdad, incluso cuando duele.
    Que no te aplaude, sino que te pregunta.
    Que no se conforma con tu versión cómoda, sino que te devuelve al principio: ¿por qué haces esto?
    Esas voces son incómodas, pero necesarias.
    Porque el ego solo se expande cuando nadie lo confronta.

  3. Los que te recuerdan quién eras.

    Amigos, mentores o incluso familiares que te conectan con tus raíces, con tu “yo” más real y profundo.
    Aquellos que no compran tu personaje, sino que te ponen en tu sitio cuando te olvidas de lo que importa.

No todos necesitan estar vivos.

Tu consejo puede incluir a Marco Aurelio, Viktor Frankl, Marie Curie, Kobe Bryant o a tu abuelo.

Lo importante no es que te respondan, sino que te obliguen a pensar mejor.

Imagina que tienes una decisión difícil.

Cierras los ojos y los sientas en esa mesa.

¿Qué haría cada uno en mi lugar?

¿Qué verían que yo no estoy viendo?

¿A qué estarían dispuestos a renunciar para proteger lo esencial?

Te juro que no me he vuelto loco.

Esa práctica no es misticismo, es perspectiva.

Y la perspectiva es el antídoto más poderoso contra la impulsividad y la ceguera emocional.

Charlie Munger decía que no se permitía tener una opinión sobre nada sin conocer el argumento de la otra parte mejor que su oponente.

Tu consejo personal de dirección cumple esa función, obligándote a considerar todos los ángulos antes de actuar.

Te ayuda a pensar más despacio cuando el mundo quiere que reacciones más rápido.

Cuando tienes a ese grupo en mente, tu comportamiento cambia.

Sientes que te observan.

No con ánimo de juzgar todos tus movimientos, sino con mera expectativa.

Y eso te empuja a actuar a la altura del respeto que les tienes.

Es la magia de la autoexigencia sana.

No necesitas que nadie te lo imponga desde fuera, porque tu propio estándar te guía desde dentro.

No compites con ellos.

Compites con la versión de ti que quieres ver crecer.

Y así, sin darte cuenta, empiezas a vivir como si ya fueras el tipo de persona que merece estar sentado en esa mesa.

Y además, esto es lo más bonito de todo.

Un consejo personal de dirección no es solo para recibir una guía.

También te compromete a devolverla.

A ser para otros lo que ellos fueron para ti.

Cuando vives con principios sólidos y compartes lo que aprendes,

te conviertes en un eslabón de esa cadena invisible que mantiene al mundo en marcha.

El linaje de quienes piensan, cuestionan, mejoran y enseñan.

Y quizá, algún día, cuando alguien más forme su propio consejo, tu nombre ocupe una de esas sillas.

No porque fuiste perfecto, sino porque fuiste auténtico.

Porque tu ejemplo ayudó a otro a tomar una mejor decisión cuando más lo necesitaba.


“He hecho una guirnalda con las flores de otros hombres. Nada es mío, excepto la cinta que las une.” — Michel de Montaigne


Pero la claridad no siempre llega desde la razón.

A veces se manifiesta como un susurro antiguo y que todos conocemos: el instinto.

Esa voz que no necesita argumentos, solo espacio.

Mi madre me lo explicó una vez de una forma que no he olvidado jamás:


"Las peores decisiones de la vida se toman cuando permites que tu cabeza te convenza de hacer algo cuando tu instinto ya ha tomado una decisión."


Nunca lo olvidaré.

¿Cuántas veces has permitido que tu cabeza te convenciera de que algo tenía sentido, incluso cuando sabías que no era así ?

O, ¿cuántas veces has permitido que tu cabeza te convenza de que algo no tenía sentido, incluso cuando tu instinto te decía que sí ?

Todos necesitamos sintonizarnos más con nuestro instinto.

Rara vez te lleva por mal camino.

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