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Hay una escena en Yellowstone que jamás pensé que fuera a poder dejarme un aprendizaje tan útil. Te dejo la escena por aquí por si quieres verla, aunque te recomiendo la serie si te gusta el rollito americano. Travis y Jimmy van conduciendo, hablando del rodeo. Travis: ¿Así que te gusta el rodeo, eh?
Jimmy: Es lo único que se me daba bien.
No se me daba bien el rodeo.
Me rompí el cuello, me rompí la espalda,
¡me rompí todo!
Travis: Entonces, ¿por qué lo haces? Jimmy: No sé, me gusta el...
Me gustan las luces, me gusta el
público, me gusta el...
Les gusto, joder.
Travis: ¿Y los caballos? ¿Te gustan?
Jimmy: Es más bien como
enfrentarse a un miedo.
Les tengo demasiado miedo como para que me gusten.
Travis: Déjame decirte algo, Jimmy.
Para ser bueno en este juego, ¿vale?
En el rancho, el rodeo, los espectáculos...
tienes que hacerlo por el caballo, ¿vale?
Y adonde vas,
un caballo va a ser tu
único puto amigo,
y vosotros dos vais a tener
que averiguar cómo reventarlo.
Y eso es todo lo que es ser un vaquero, ¿vale?
Eres tú y tu caballo haciendo un trabajo,
intentando con todas tus fuerzas
no defraudaros el uno al otro.
Esa sensación de subirme a ella, que las calas hagan click, ajustarme el cierre y acoplarme echando mi cuerpo hacia delante... Es como si mi bici y yo fuéramos uno solo. Como un vaquero y su caballo. Porque en el fondo todos hemos sido Jimmy alguna vez. Hacemos las cosas por las luces, por el aplauso, por el reconocimiento. Por sentirnos validados. Pero cuando las luces se apagan y el ruido desaparece, lo único que queda es el caballo. El trabajo en sí. El proceso que nadie ve. El vínculo con eso que haces incluso cuando nadie te aplaude. Ahí está la diferencia entre el que quiere destacar y el que quiere trascender más allá. Entre el que entrena por un ego ingobernable y el que entrena por ganarse un respeto hacia sí mismo. Entre el que busca atención y el que busca un propósito. Y es curioso: cuanto más alto subes, más solo te sientes. Menos amigos reales. Menos vítores sinceros. Por eso, si no amas al caballo —el esfuerzo diario, la rutina invisible, el trabajo que te sostiene—, te acabarás rompiendo. La grandeza no está en los focos. Está en el trabajo en silencio que nadie ve y todo el mundo normaliza. En el pacto entre tú y tu propósito. Entre tú y lo que amas. Nadie va a venir a salvarte. Hazlo por el caballo. |
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