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Cruzas la meta. La gente aplaude. Te abrazan. Lloras. Te tiemblan las piernas. Todo tiene sentido. Pero el cuerpo se enfría. El reloj se detiene. Y de repente, te ves ahí, de pie, con una medalla al cuello y una pregunta que a pesar de ser nueva, ya la conocías de antes: ¿Y ahora qué? Llevo semanas dándole vueltas a esto. Desde que crucé la línea de meta del Ironman de Vitoria, con mi mejor marca, con un día perfecto, con todo lo que un día soñé… Y no encuentro paz. No hay fuegos artificiales. No hay redención. No hay respuesta. Solo un susurro dentro de mí que me dice: Esto no era. Todavía no. He aprendido que los sueños no salvan. Que cumplir un objetivo no significa estar completo. Y que entrenar cada día dejándote la piel no es garantía de plenitud. Pero es la verdad. Ganar duele. Porque desvela la mentira que construiste durante años: Que “cuando lo logres, por fin vas a estar bien”. Y lo logras. Y no lo estás. Y ahí empieza el verdadero viaje. El de entender que no entrenas para llegar a algo. Entrenas para dejar de huir. Entrenas para no traicionarte. Entrenas para tener algo a lo que anclarte cuando todo lo demás se desmorone. Entrenas para encontrar silencio en medio del caos. No lo haces por la meta. Lo haces por quien eres mientras la persigues. A veces me preguntan por qué sigo. Por qué entreno tanto. Por qué me levanto tan pronto. Por qué sacrifico tanto. Y yo también me lo pregunto. No por ego. No por reconocimiento. Sino por necesidad. Porque si paro, me derrumbo. Porque si no me demuestro a diario que puedo, me convenzo de que no valgo. Sin haberlo dado todo, aunque nadie lo vea. Porque todo lo que hago, me recuerda que estoy vivo. Y que sigo en la lucha. Aunque a veces no sepa ni para qué. ¿Sabes qué es lo más jodido de todo esto? Que muchos te admirarán por lo que lograste. Pero casi nadie entenderá el precio. Nadie te aplaude cuando entrenas en silencio. Cuando lloras de frustración. Cuando tu cuerpo no responde. Cuando dudas de ti. Y sin embargo, ahí es donde se forja todo. Ahí es donde se define quién eres. Sino en los días sin magia. En los entrenos en los que no te sale nada. En los momentos en los que podrías rendirte… pero no lo haces. Porque para ti, eso es lo más sagrado que tienes. No escribo esto para inspirarte. Escribo esto para recordarte que no estás solo. Que si tú también estás roto por dentro pero sigues apareciendo cada día… no estás mal. Estás vivo. Y estás luchando. Como yo y como otros muchos. Y aunque a veces parezca que nada tiene sentido, aunque te preguntes una y otra vez ¿y ahora qué? hay algo que sigue ahí. Algo que no puedes explicar. Una voz que no calla. Una fuerza que no se rinde. Una obsesión que no busca fama ni aplausos. Solo verdad. Y la libertad de pensar que algún día todo merecerá la pena. Mis 3 tiny victories
Mi pregunta incómodaSi mañana desapareciera todo lo que haces —el deporte, los logros, los retos, el cuerpo que has construido—… ¿Quién serías cuando nadie te aplaude? |
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